martes, 29 de enero de 2013

Buscando prendas



     Lindamente sentada, con la piel como overo rosado, no sé si es por el calor o por la turbación, mira alrededor solicitando con los ojos atención. Yo, como humilde potro de porte regia, rondo despacio y azorado a su alrededor. Intento mostrar menos ansiedad que ella, que mi Amor, por ello, y de vez en cuando, gasto bromas y sonrío, cuando en verdad estoy deshecho por dentro. Alegre, y sentándome a su lado, desvío la atención: -te gustan las pantuflas-, -las había de peluches muy tiernos-, bisbiseo entre dientes una carcajada –¡unos pies de osito!-. Una laguna de inabarcables sentimientos se me desborda del pecho, como en la tienda, donde llegué a intimidar al vendedor pidiéndole las más bonitas, el sacó unas joyas de crochet y yo dubitativo le exhorté que me ayudara, que deben de ser únicas, que son para mi Niña.
     Me sentía sólo por la calle, como arrinconado de tienda en tienda, -¡Dios quien mi ayuda!-, pensaba que ella, voluntariamente, no tenía más remedio que tender su mano en manos de un cirujano, mi calor había sido insuficiente, el amor que abre mi pecho no bastaba para aliviar la inflamación. Si pudiese daría rienda suelta a mi arrocinada pasión y la transmutaría bajo su piel, si me obedeciese mudaría mi overo rosado de hombre enamorado y lo sumaría bajo su dermis, quizás así mi calor la sanaría sonrojándola. Por qué no habrá primorosa hada que desangre lo que precise de mi vida para dárselo a ella, que con espuelas pinche la plata de mi alma para que gotee sobre su dedo y calme su hinchazón.

     Pido perdón en la droguería, donde exigí su agua de colonia, su cauce de aguas, que hallasen el río donde se desborda alma que es colonia. La tendera, algo tosca y pensado en gente común, me mostró un simple frasco. Quizás alcé la voz con un rotundo –¡No!- y supliqué pausadamente-quiero una ampolla con agua de hontanar, digna de Princesa, un agua pura que aúne el vigor del Sol, el aliento fresco de la nieve y reflejo de la Luna-. Me contuve y las gracias le di, pues me alcanzo un frasco con el agua de una laguna que sólo recoge el viento que lame la albahaca, el tomillo y el eneldo; -Sí, muchas gracias, esto es lo que buscaba- repetí. Además me trajo un bolso de aseo de finos trazos, tan delgados como los que hacen sus niños en el colegio. Así que desensillé mi terca brutalidad y con claridad le repetí una y otra vez –¡gracias, gracias, mil gracias!-.
     Ahora había de buscar un pijama de seda más tersa que su piel, dónde se puede hallar si no existe el mago de Oz. Pasé la palma de mi mano una y otra vez sobre cientos de telas y otras tantas veces dije que no; decepcionado no hallé tela similar a su mejilla, a su cuello, a su vientre… Las prendas me parecían púas de anzuelo y al rozarlas mi corazón las negaba. Como iba a mixturar esa áspera tela con la seda de sus hombros, así no debe de dormir, se le enredará el pelo, se le sonrojará la oreja y le dejará marcas sobre la piel. Sin más remedio tuve elegir seda normal, con simple brillo de zafiro y además, incapaz de hallar el justo pijama, impotente y sin querer, manché la tela con unas lágrimas de desesperación que se descolgaron de mis ojos y justo fueron a caer donde más se ve, en la solapa que se dobla delante de su sesgado pecho.

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