Lindamente sentada, con la piel como overo rosado,
no sé si es por el calor o por la turbación, mira alrededor solicitando con los
ojos atención. Yo, como humilde potro de porte regia, rondo despacio y azorado
a su alrededor. Intento mostrar menos ansiedad que ella, que mi Amor, por ello,
y de vez en cuando, gasto bromas y sonrío, cuando en verdad estoy deshecho por
dentro. Alegre, y sentándome a su lado, desvío la atención: -te gustan las
pantuflas-, -las había de peluches muy tiernos-, bisbiseo entre dientes una
carcajada –¡unos pies de osito!-. Una laguna de inabarcables sentimientos se me
desborda del pecho, como en la tienda, donde llegué a intimidar al vendedor
pidiéndole las más bonitas, el sacó unas joyas de crochet y yo dubitativo le
exhorté que me ayudara, que deben de ser únicas, que son para mi Niña.
Me sentía sólo por la
calle, como arrinconado de tienda en tienda, -¡Dios quien mi ayuda!-, pensaba
que ella, voluntariamente, no tenía más remedio que tender su mano en manos de
un cirujano, mi calor había sido insuficiente, el amor que abre mi pecho no
bastaba para aliviar la inflamación. Si pudiese daría rienda suelta a mi
arrocinada pasión y la transmutaría bajo su piel, si me obedeciese mudaría mi
overo rosado de hombre enamorado y lo sumaría bajo su dermis, quizás así mi
calor la sanaría sonrojándola. Por qué no habrá primorosa hada que desangre lo
que precise de mi vida para dárselo a ella, que con espuelas pinche la plata
de mi alma para que gotee sobre su dedo y calme su hinchazón.
Pido perdón en la droguería, donde exigí su agua de
colonia, su cauce de aguas, que hallasen el río donde se desborda alma que es colonia.
La tendera, algo tosca y pensado en gente común, me mostró un simple frasco.
Quizás alcé la voz con un rotundo –¡No!- y supliqué pausadamente-quiero una
ampolla con agua de hontanar, digna de Princesa, un agua pura que aúne el vigor
del Sol, el aliento fresco de la nieve y reflejo de la Luna-. Me contuve y las
gracias le di, pues me alcanzo un frasco con el agua de una laguna que sólo recoge
el viento que lame la albahaca, el tomillo y el eneldo; -Sí, muchas gracias,
esto es lo que buscaba- repetí. Además me trajo un bolso de aseo de finos trazos,
tan delgados como los que hacen sus niños en el colegio. Así que desensillé mi
terca brutalidad y con claridad le repetí una y otra vez –¡gracias, gracias,
mil gracias!-.
Ahora había de buscar un
pijama de seda más tersa que su piel, dónde se puede hallar si no existe el
mago de Oz. Pasé la palma de mi mano una y otra vez sobre cientos de telas y otras
tantas veces dije que no; decepcionado no hallé tela similar a su mejilla, a su
cuello, a su vientre… Las prendas me parecían púas de anzuelo y al rozarlas mi corazón
las negaba. Como iba a mixturar esa áspera tela con la seda de sus hombros, así
no debe de dormir, se le enredará el pelo, se le sonrojará la oreja y le dejará
marcas sobre la piel. Sin más remedio tuve elegir seda normal, con simple
brillo de zafiro y además, incapaz de hallar el justo pijama, impotente y sin querer,
manché la tela con unas lágrimas de desesperación que se descolgaron de mis
ojos y justo fueron a caer
donde más se ve, en la solapa que se dobla delante de su sesgado pecho.



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