Perplejo, ante la abrumadora e infranqueable altura de este muro, trato de volver la vista hacia atrás, hacia la férrea vía de mis pasos y advierto que a veces he transitado al aire libre recorriendo vastos campos de luz estival, campos ahitados con tanta dicha que asfixian mi alma. Más en otras ocasiones, esos mismos raíles, han marchado por lugares cenagosos donde toda ráfaga de luz era absorbida e incluso se sumergía en aciagos túneles, simas que tiznaban mi espíritu con máculas escalofriantes.
Mi Amor, resuélveme esta duda: ¿qué es Vivir la vida?. Acaso es partir desde ese baldío del alumbramiento y apearse en el mismísimo final del abismo, o sea, concluir en ese yermo averno nos da pánico. No, para nada, eso instantes son las esquinas de la inexistencia, eso momentos concretos son el final y el principio respectivamente y no forman parte de la vida; la vida abarca la consciencia absoluta.
Es como erigir un patio andaluz particular, de muros blanco y alfeizares salpicados de macetas que extasían el corral de bálsamos frescos, un patio propio de soleante porcelana que reverbera lo que hemos visto y sentido durante los años e incluso, y sobre todo, si rebuscamos deslumbra rompiendo todo lo oscuro.
Nuestro cuerpo, es como si fuese de manzana, como ese íntimo portal de casa, un jardín de pulpa dulce en nuestras entrañas. Ahí, todo se ha fundado involuntariamente, nosotros, supuestamente dueños de nosotros mismos, hemos ideado cada semilla del parterre, mas esa tenacidad, en realidad, sólo ha rozado ligeramente el destino y este se alzado de forma autónoma, al libre albedrío. Los sucesos son indomables relámpagos que a su antojo caen en el torrente de nuestra sangre. A veces, al surgir, lo alumbran todo, por ejemplo un simple detalle nos puede causar tal fruición que jamás lo vamos a arrinconar en el corazón, en cambio un regalo premeditado puede ser que ni siquiera alce una muesca de satisfacción y quede, sin tener que ser así, relegado en un rincón.
Con todo esto que se consigue, pues bien, se logra que seamos de pura melaza, blanca e incluso empalagosa, tan apetitosas que todo el que nos conoce nos desee y si acaso un inoportuno gusano nos muerde, lo debemos asumir como una experiencia nueva y hermosa. Tal fuerza tendrá nuestra pulpa, tan poderosos y hermoso será nuestro patio, que no se apreciará mota alguna y seguiremos siendo igual de deseables.
Vida férrea, travesaño tras travesaño para trazar la línea de un raíl finito que vadea la existencia. Mi Amor, la cruzaremos por vastos campos irisentes y caleidoscópicos, páramos primaverales para acoger a mi bellísima Amapola.

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