domingo, 22 de septiembre de 2013

Cepa de mi vida


     Aquí estoy, Amor mío, desatendiendo, por un momento, mis temas de riesgos laborales y abriendo, en está aula transitoriamente vacía, el inmenso libro que satisface mi corazón. Aquí, Vida mía, entre campos de barro pardo, a pocos pasos de las vendimias del aloque que ajuman efímeramente la razón y sueltan el terco silabeo de la lengua, del blanco áurico que resplandece como la mar en las caleidoscópicas copas e inunda mis sueños con olas inmensas y del tinto que resalta el fino perfil tus labios encarnados y, con un simple beso, azuza la sonrisa y solivianta el sonrosado color de tus pómulos.

     No es simple morapio, sino es caldo con clase, a base de uva brillante y tierna, de uva de alta ralea. La vendimia se lleva a cabo durante la noche, escuchando al viñadero, que sabe las cepas que ya están maduras y que mantiene calados los cestos para que el mimbre no quiebre.

     No se duerme hasta bien entrada la mañana, lo sé yo que vendimié bajo la habilidad de un viñadero, mi padre. Mientras se cosechan los gajos se canta, se carcajea falto de aire con ingeniosas chanzas e insomne se divaga como en sueño, embobado entre las estrellas y hechizado con las fantasmagóricas sombras de la Luna.

Mi tierra estercolada
con linfa de amada.
Es su sangre, su tinto,
la Cepa de mis versos.
En mimbre de ensueños
en húmedo vaho de heno
te acuno como viñadero.
Uva, ajuma mi instinto,
mis latidos de labriego.
Dios, peco de dar beso
al fino barro que quiero.
Moldeaste sobre plinto
un cuerpo de alta ralea
que moltura lo que desea;
fermentado mi clamor
en idos poemas de amor.

     Los cestos, a medida que se llenan, se vuelcan en capachos de mimbre, también húmedos, dispuestos entre los surcos y estos grandes cunachos, al salir el Sol, aún con la fresca, se acarrean entre dos hombres hasta los carros, que permanecen parados en los caminos.

     Así su Linfa, mi Mosto, se mantiene fresco y continúa sin cocer hasta llenar a la tinaja de esta bodega, mi corazón. En ésta, antes de prensar, se entresaca la apreciada Uva de piel esmeralda y el valioso y encarnado rubí. Así, de esta Madre tierra, de sus terrones finos, pardos y oscuros, se amanta a la Parra, la cual condensa en gajos de uva su acaramelada entraña.

     Después, embotellada, se desnuda en mi corazón, nada se vierte, toda Ella anega mi alma. Esencia, espiga de oro que ebria loco corazón y atempera mi cuerpo, mi razón, como si fermentara en cada célula; insisto nada se vierte, nada se pierde, ni su aspergido sudor es morapio sino todo es aloque que enloquece mis labios de tinto Amor.

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