El imparable reloj ya se tragó todas las horas de asueto. Ahora sólo me queda agarrar el día con valentía y, sin apenas respirar, tragarme toda la jornada hasta que vuelva a disfrutar del ocio de la tarde y del cálido refugio de vuestra compañía.
Aún veo éter oscuro en el cielo y no sé si me oxigeno yo o si respira mi insomnio, o sea, si estoy perdido en mi subconsciente. Aun así, enterrado en esta memoria que se aparta de la vida real y divaga sin protección alguna por el caos de la imaginación, gozo de la quemante luz que me trae la sangre, de la aventura despejada y despabilada de amar.
Siempre luce un Sol estival en mi corazón, siempre se mantiene con esa intensidad en el fondo de mi pecho. Febril o quemante es el hogar de mi razón, es mi Amor que no ceja de alimentarlo con ramas secas y mantiene incandescentes las brasas que crepitan cientos de palabras.
He de bautizar esta fragua para que el vehemente calor no funda mi cerebro, no seque mi piel, los deseos de mis labios…., pues persiste e insiste incluso en las horas de sueño en mantener esta pasión onírica.
… soy, Amor mío, un niño que disfruta en la playa de la brisa y de la Mar. Inocente, disfrutando y jugando con las olas repletas de vida que llegan a la orilla. Penetras como oxígeno en mi pulmón, el aire errante repleto de polen de Amapola, me dilata plenamente y me insufla la Vida que ahíta todo mi vacío, lo hago mío, lo abrigo, lo anido,… en mi corazón.

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