Tengo calina en los ojos, vaho de extenuación, legañas o lágrimas secas del cansancio diario. Mas tras cenar, torrijas con canela y chocolate a la taza, y antes de irnos a acostar, he de granizar rimas como espinas para que, al hendirse en tu cuerpo, sosieguen tu alma con céfiros de amor.
Así penderé, con una lluvia loca de besos, una gargantilla cristalina alrededor de tu fino cuello; tenderé, con una pradera indefinible de caricias, una frazada sedosa sobre tu cuerpo y calaré, con una maraña de sinceros susurros, un arroyo de sentimientos sanguinolentos para que tu corazón lata libre y febril mientras duermas.

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