Imagino, con mi Amada, una pequeña fábula. Despliego una ruta, algo literaria y muy entrañable, desde los albores matinales hasta las vespertinas senectudes que hunden los días en sueños. Juntos, caminando por los balcones de Gredos, donde nacen las aguas lóbregas del Tormes, las cristalinas del Jerte o las sombrías y profundas del río Tiétar. Con un paso dulce y nada torpe, sino intencionadamente lento, para así poder desgranar el hermoso viso que nos ofrenda cada tímida florecilla o cada abierta mirada.
Para así, de cada irisada canica de rocío, o de cada gotita de derretido y diluido cristal que se asperge sobre las rocas por el salto del indómito arroyo, o de cada lágrima que se desprende del cielo o de tus alborozados ojos; para así desmenuzar ese haz luz, que nace de cada una de las nacaradas perlas, en sílabas prismáticas y fundirlas radiantes y mágicas dentro de tu gran corazón.
Para así, de cada susurro de aire, o de cada trino de pajarillo, o de cada simple chasquido de grillo, o de cada arrullo de voz o silbido imperceptible de aliento; desglosar las armónicas notas que conforman, en mis labios, unas palabras sinceras que se deslizan sencillas y lindas: te quiero….

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