Ya estoy aquí, acabo de apurar el último sorbo de café, he abierto un poco la ventana y me he sentado ante nuestro portal. Es como si nuestras puertas siempre estuviesen abiertas, yo recojo manojos de flores y las deposito, desde aquí, en el alfeizar de tu ventana…
Cuando la claridad golpee el vidrio, cuando retires las sábanas, esperará ahí tu puñado de trazos sobre el ramo de flores. Es mi ilusión de despertarte, de sentarme al borde de tu cama y de desvelarte con suaves caricias, de extraerte lentamente del purpureo sueño…
Hoy he de hacerlo diferente, he de llevar en bandeja de plata una infusión calentita de
menta-poleo con miel y limón. Atusaré la almohada, estiraré las nervaduras que se forman sobre tus piernas y, en una islita improvisada, apoyaré el desayuno en tus rodillas. Tengo que agolpar la sangre en tus pómulos, devolverte tu precioso color y sorber el dolor de tu garganta; así, cubierta con sabanas y abrigada con atenciones untaré en las rebanadas y sobre tus labios más miel.
Al despertar, sin pintar los ojos y quizás algo legañosos, con un beso dulce retirar el velo que cubre el balcón, llegar a tus retinas y caer sobre tu corazón.

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