Despacio suelto tus manos, retiro el brazo y me incorporo. Enciendo la luz de la mesilla y te envío mis ojos, así permanezco unos minutos, como intentando descascarillar esa acabada cáscara de mi Amor soñando.
Son imágenes sin desperdicios, como tantas otras, que apilo en el stand de los recuerdo, incontables diría (nuestro álbum de fotografías). Todas espectaculares, unas más expresivas, como cuando oteabas el horizonte en esa en la Serena, y otras más sencillas, como ese último día en Santander, cuando serviste ese arroz a María.
Alargo el brazo y tiro del edredón para cubrir tus finos hombros; tan pequeñitos, blancos y risueños. Son como brazos de niño pequeñito, humildes y fríos por no estar bien abrigados. Despacio me inclino sobre ti, de forma que el colchón se hunda lentamente, y silenciosos, si apenas respirar y rozando tu sien como pluma, te acaricio con un beso.
Me retiro diligente a la cocina, apagando tras de sí la luz de la mesilla, y hoy, debido al dichoso resfriado, te preparo un zumo naranjas con miel y claro está, un par de tostadas para tener fuerzas toda la mañana. Yo, mientras deshago tu miel, me caliento un café, con la ventana entreabierta para que no huela toda la casa. Lo coloco todo con mimo, el vaso a la izquierda, las tostadas en un plato pando blanco y los cubiertos, que no son otros que un significativo capricho de tu cucharita y tu cuchillo de untar (caprichos algo infantiles que valoro con ilusión); todo lo dejo en la cocina para cuando entres lo tengas a pedir de tu dulce boca.
Yo regreso al dormitorio, que mejor sitio para tomar el café, para descansar…, que apoyado en el marco de la alcoba mirando a mi Princesa enroscada en la cama…

No hay comentarios:
Publicar un comentario