Comienza la semana y prefiero no pensar lo que se avecina, pues si lo razono me da pavor.
¿Cómo, durante estos días, manifestaré mi amor a Jaime?. ¿Cómo saciaré su sed si el río de mi alma se aleja de su jardín cerrado?. Amasaré aún más nuestros nombres y cuando sepa que está fuera de clase o en casa, descarcharé con cántaros de cálido cariño su posible lágrima. No quiero que crezca un pensamiento diminuto de que su padre no le da el cariño suficiente. Nuestra corta eternidad debe ser verde, de absoluta primavera, estación lustrada de amor…
¿Y a ti, Amor mío, cómo podré estar tan lejos si poseo tu corazón?. ¿Cómo haré llegar el viento que percibo, el agua que tomo, o la cálida luz o la tierra que piso? Acaso hallarán tiempo las manos para depositar linfa al borde de tu vida. Claro que sí, pues le deseo no me falta y perder el tiempo no puedo. Así que escurriré la alegría a lo largo de los hombros, de los brazos y gota a gota, con sangre de loco corazón, por las yemas de mis dedos alargaré mi lazo.
Ya no tengo pavor, ya he disuelto el sobrecogimiento. Ahora, como niño con zapatos nuevos, me dispongo a salir a un nuevo día. Llevo consigo vuestros amor, la dimensión infinita de vuestras almas y erigido pasaré la jornada luchando por esclarecer el tema en el aula y, sobre todo, descifrando minuciosos sentimientos para que sepáis cuanto os quiero.

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