Estoy mucho mejor, Vida mía, me veo con fuerzas para desafiar y vencer el día. Así, sin hastiarme de tener que viajar otra mañana más, partiré alegre, casi en medio de noche, esperando la arrogante y magnífica fiesta de la madrugada.
Sí, vigilante, aguardando a que estalle el limón del Sol y tiña el vasto cielo con el violáceo fuego. Es un espectáculo resplandeciente y magnífico que, aunque surja todos los días, persevero en recibir. Quizás un ocasional pregón con artificiosa pólvora no me llame la atención, pero la aurora natural, la bengala matinal o la araña de cristal celeste traslúcido que a diario se alza desde el horizonte y oculta el abismo del firmamento, siempre rebasará el confín de mi pecho y cae, no como sensible lágrima por la mejilla, sino como gota de luz que se descuelga y llena de fantasía mi entraña.
Parece una parrilla que abrasa mi escote, que asa mi carne haciéndola más jugosa, apetitosa y alegre. Amor mío, tengo que estar siempre así, con ojos tasadores que escudriñan el cielo, con mueca ufana que sorbe la vida y con rapaz corazón que devora la femineidad de mi delicada Amapola.

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