Tras cruzar la puerta y sin que te dé tiempo a hablar, tal como es y como mereces, Amor mío, hundo mi faz en la esencia de tu corta melena y deposito muy contento un beso y alborozado, casi sin poder articular palabra de la emoción, afirmo una incondicional verdad –Guapísima-.
Mereces eterna fiesta por lo feliz que me haces, -¿comprendes?-. Cautivo del tono de hermosa Corola o de bellísima Alborada, seducido por el perfil de mi fino Piélago, de mi plateado Ponto o de mi níveo Altozano y enamorado, locamente enamorado, de un piropo tangible, de un Verso corporal… de la Mujer que adoro.
Te doy gracias Dios y sobre todo a ti, Vida mía, por dejarme ser el humilde tortolito que anida entre tus poderosos brazos, por darme el lar de tu corazón, por acogerme bajo la belleza que materializas cada gesto.

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