miércoles, 29 de mayo de 2013

Sin que suene el despertador me despierto sobresaltado



     Sin que suene el despertador me desvelo sobresaltado. Miro la hora y me tranquilizo, aún es temprano, me vuelvo a sedar y descanso algo más. Al final el inerte reloj se sale con las suya y ratifica que ya es la hora, mas yo muy bien sé que es demasiado temprano y que aún no he descansado lo suficiente, pero no queda otro remedio. 


     Siempre queda alguna menudencia que hacer antes de marchar. Revisar los ejercicios de ambos cursos, preparar la merienda de Jaime y seguro que algún menester más surge. Además, y por supuesto, he de sacar el tiempo para el momento más grato, un rato para nosotros, sino hubiese tal ocasión de que serviría madrugar. La aurora, Vida mía, no sería la misma, quedaría tan huraña como mis ojos, ya no me vagaría pasear por el campo y desecharía escondido poco a poco mi humilde tesoro. Plañir todas las perlas de mi vida, hasta secar mi alma. 

     Mi Vida, con el cansancio que hacino en los músculos, en la sien y en los párpados, miro la pared y la siento profunda, hueca, como si estuviese abierta. Mi sellada pupila surge al exterior y todo lo que observa y entra al interior se refleja sin deja huella, como breve destello en espejo, ni siquiera cerco de haberse posado en mi razón. 

     Toda la esfera gira diáfana, o al menos así lo distingo…. Que ganas, Vida mía, tengo de encerrarme dentro de mí, y aún me queda toda la tarde. ¡Pum!, tiro de la puerta y atranco el párpado; hazme un lado y acógeme en tu pecho, Amor mío que quiero dormir.

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