Bueno, después de profanar mí tiempo con un sinnúmero de cuestiones profesionales, horas que aprestaría de muy buen agrado sólo para ti, me allano sobre el teclado sin más dilación. Pisándolo deprisa, como caballo desbocado, para surtir de rico lenguaje ese joyel que atesoras en tu pecho: tu corazón.
Desearía poseer vastas exclusas en mis pequeñas manos para que al abrirlas descargasen torrentes de ideas. No sólo afluir ríos de amor hacia tu profunda Mar, sino también aquietar el sinfín de imágenes, sensibilidades e ilusiones que volcánicamente se alzan desde mi íntimo hogar.
Tú, Vida mía, usas badil de cuello fino, de orejas blancas y de lóbulos y labios carnosos, te vales del cálido e inasible aliento de tu pecho y avivas enigmáticas e inextinguibles centellas en los etéreos espacios que hay en tus ojos. Así que estas brasas que acucias con maestría originan raudales de lava que se aúpan hasta mi cabeza y ahítan mi razón. Desearía aliviarlo a diario, a borbotones ante tu bello rostro, descargar la idolatría que gozo y desenfrenarme a merced de un único jardín….
Sólo deseo que mis vasallos dedos sean los guantes en tus serviles manos, que sean lazos atusando tu pelo, que se encepen perennes por tu cadera o por tu piel blanca y desnuda. Sí, Mujer, sentir la natural lírica de tus labios para aliviar la presión de mi sien…. Ábreme las compuertas de las yemas para que drene los poemas en tu corazón.

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