¡Que
tal! todo ha ido bien, ¿verdad?. Ya se pasó la lóbrega tensión, se descarnizó
la inquietud y ahora, tras compartir gráciles sonrisas y arengar sobre África
con rala pronunciación, a recolectar de nuevo, con la hoz del día a día, la primaveral
mies de tus niños. Sóplales tu tibio aliento, hincha sus pechos de
elocuentes cuentos e inhala profundamente sus pueriles vocecillas.
Amor, sé que henchida de palabras te alzarás esta noche tal burbuja y volarás
cual cometa de color, feliz, hermosa y fugitiva, sin que nada te encadene. Yo,
mi Vida, deslumbrado de tanta dicha seré árbol mortal y verde que, con
innumerables hojas, sustente mullido tu lento caminar. Daré zarpa ligera a la
misteriosa queja que cohíbe tu mano y amarga tu corazón y desvaneceré la
realidad bajo las ciénagas de río legible.
Está
bien, esta noche dejaré que des riendas sueltas a tus sueños, permaneceré tras
la puerta de tu armario y permitiré que el jardín de lo bien hecho sólo te
salpique a ti. Yo, tu niño, ya inundado de tanto, me entretendré corriendo tras
alados labios, silencioso, relajado, esperando respirar de tu boca y suspirar
por tus besos. Suelto, desatado, fuera de sí… viento suspendido que se
arremolina en círculos deseando tu cuerpo, desordenando tu ropa y, para que hoy
descanses bien, sin llegar a rozar lo más mínimo tu piel.
Descubres,
Vida mía, cuanta diversidad de amor generas en mi corazón, todo tu don lo hago muy
propio, lo riego con bellos requiebros y, por supuesto, lo enraízo en mi
corazón, ahí injerto cientos yemas de imaginación para hacer aún más frondosa la
fauna que deshoja este lirio, para cuajar rojo el pétalo de mi Amapola.
No hay comentarios:
Publicar un comentario