Cuanto,
Vida mía, disfrutaría siendo franela azul sobre la piel de tu cuello, aunque me
despojasen de toda la racionalidad sería sumamente feliz. Tan sólo a la
naturaleza o al poder divino, que hesito si existe y que mueve los hilos del
destino al azar, imploraría que no me descuidasen del placer de tu tacto y así,
con ese exiguo don concedido, sería más feliz que colibrí que se arremolina
alrededor de alas de mariposas, que compite con abejas en libar ansiosos y dichoso
el dulce pistilo de su Flor. Sí, mi Amor, a mí también me urge atenazar tu
mano, arrebujarme entre los sedosos suspiros de tu corazón, vestirme de la candente
sinceridad que tu pecho emana, sentir el tañer de tus palabras; ¡ooooh! Amapola
mía, postraré mi sino al repicar que tus labios musitan.
¡BESOOOOOOSSS!

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