domingo, 14 de octubre de 2012

Brote del pecho


Tengo que salir al campo, he de caminar por esas cunetas y por esos montículos cuajados de frescor, me urge sentir la frondosidad primaveral que envuelve a mi bucólica corola. Desde que amanezco ansío la belleza de mi Flor, inhalarla, arrullarla y halagarla con mimo dentro de mi pecho; mas sé que hoy, vadeado el cauce equinoccial que deja a tras la dársena estival y sumergido entre páramos húmedos, donde el plomizo vaho empapa y cuaja sobre el cabello; sólo crece entre Piedras una única corola purpúrea donde he de inmolar mi corazón.

Así de singular es tu brote en mi pecho, un elogio precioso entre plurales flores; podría decir, sí, con grandilocuencia, que es el capullo que hace jardín a mi corazón, el brote que transmuta paja en oro, mi posío en empíreo.




Fina mejilla canela de pómulos ligeramente alzados que, cuando en ella incide la luz, curva interiormente su alma y los lomos de sus olas doblan caprichosamente su alegre faz. Ahí se junta la felicidad con la sonrisa y se arremolina en ola y espuma en profundos hontanares de mármol cristalino; mas ahora, en el caño de su fuente lagrimal surge un minúsculo rubí que lastima y he de besar hasta que sane.
Alborea en su infinito horizonte de pensar una aurora revoltosa, pórtico que da a robledal castaño de pura embriaguez. Que noble sube la savia desde las raíces hasta las puntas de espesura corta, el viento que orea sedosa selva iza perfumada la fronda donde anidaré diminuto y feliz como colibrí. Sin moverme, atravesando el tiempo en la copa de mi dama Amapola, que botín bajo altos vuelos, nunca de ahí huiré, en esa hojarasca anido dichoso mi vida.
Qué decir del carnoso pistilo donde brama mi Mar. Qué decir de esa cantería que descubre veta de mirtos blancos. Nace aire de abismo interior, siempre es brisa ora delicada ora melódica, jadeo que me cautiva tal coral de sirena. Cuantas veces me has permitidos arrestar tu aliento sellando la corola contra mis labios…, y ceñido a esa mansedumbre sentir placer inmarcesible y misterioso que cautiva lírico mi destino y, si acaso fuese, perdurará inolvidable mas allá.

Sí, frágil Tallo, cuando la melosa saliva de tu estigma irrigó el erial de mi existencia se alzó dentro de mí alba roja, pétalo de misteriosa luz que aclaró mi lóbrego pecho y me colmó de clara belleza. Una flecha de orto perenne que se clavó en mi corazón y ya ni de noche se retira su luz, ojiva siempre abierta que me hace soñar despierto y deambular incorpóreo.

Sí Amapola mía, me has admitido en tu vasta hermosura, me has asentido en un espacio sin límites donde un alma cerúlea se pierde infinita y siempre preciosa, tan grande eres para mí que nunca seré capaz de bruñir todo tu admirable cielo; ni siquiera Poseidón es capaz de abarcar tan integra Mar y ni Venus salir tras el piélago de tu océano.

Si de tierra estoy hecho, seré arcilla feliz que nutra de sales aromáticas tu vida y, en la cratera de tu divino seno, mezclaré tu agua saliva con mi dulce barro de uva para que ebria, lozana de hermosura y sedienta de mí, me desees con locura.

Te amo, frágil Amapola mía.





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