domingo, 20 de octubre de 2013

Amanecer



     Estoy bastante mejor, aunque aún siento como se enreda el frío en mis piernas, en mis brazos y sobre mis hombros. Amor mío, es tal mi sensibilidad que, al lamer la brisa mi piel, estornudo desbocado, sin poderme sujetar.

     Hoy he dormido bien, sin madrugar, tendido a oscuras hasta que barrunté tus pasos por la planta de arriba. Imperceptibles en un principio, como una raíz de hierba buena que brega diminuta por la orilla, horadando mi pecho con tu aroma fresco, para purificar los capilares de mis alveolos; y después, ligeramente más alta, susurrabas con precisa suavidad mi corazón, hendiendo mi esternón con sanadores besos, -aquí tiene la cálida miel de mis labios-.

     Por un instante no supe si yo andaba contigo o tú, Vida mía, florecías conmigo. Lo que aseguro, con franca sinceridad, es que sigo tus pasos de por vida, que busco todas las flores que depositan tus manos y que así, a diario, alzo la cálida taza de tu boca hasta ingerí el elixir que me mantiene en vida: tu perenne alegría, tus –buenos días-; Amor mío.

     Así, en tu cuerpo abierto, esa forma de ser totalmente desprendida, crecí en tallo y me ramifiqué en innumerables y radiantes ramas, cuajadas de diminutas brácteas que enseguida comenzaron a desplegarse, poblando nuestra vida de colores, sonidos y aromas orquestales…. Tú, mi Luz, habitaste la casa de mi alma, te prendiste como cegador Sol y yo, antes oscuro y cuajado de ilusas estrellas, como la noche, me prendí añil, como lirio, una bóveda celeste que emboza cristalina tu vida.

     Recuerdas, Vida, Vida, Vida, Vida mía, nuestros primeros pasos cundo, aún bulbos, nuestra tiernas yemas volcaron diminutas glebas. Cuando ambos corazones carnosos, empapados con esas lluvias que siempre nos recibían, dieron todo de sí. Hermosas planta que crecieron en una jardinera con asa de arco iris, con el tenue calor de un invierno apacibles y que invencibles, en la ribera de una charcha, se abrieron juntos al Amor con un inolvidable beso. Las corolas perennes de dos corazones….

TE QUIERO

sábado, 19 de octubre de 2013

Nube dispersa


     Esta noche no he pegado ojo, sólo podía yacer boca arriba. Si me recostaba sobre el lado derecho o sobre el izquierdo se me taponaba la nariz y angustiado, faltándome aire, no hacía más que dar vueltas para sonarme. Así que, para no estar tan histérico y, sobretodo, para no despertar a José, me levanté sin llegar a calentar la cama y, de nuevo, me embocé junto al teclado, para que tú, Amor mío, me cuidaras.

      A primera hora me sentía bien y me esparcía ligero y nómada, empapando las hojas con una lluvia de ideas limpias y frescas. Había restituido mis fuerzas y era nube dispersa capaz de trazar el papel con la velocidad de los rayos. Así se descubría la noche, sin estrellas ni Luna, sino cubierta de un voluminoso manto de algodón que, con los relámpagos, daba a luz desde sus entrañas.

       En cada gota de sangre recogía el aroma otoñal de la paja húmeda y lo transportaba por mis venas hacia mis yemas, para depositarlo, Dulce mía, en estas hojas de vida. Cuando las leas libarás mis labios abrasadores que, comiéndote a besos, se adherirán a tu rostro como miel fundida y se ceñirán a tu vientre como cinturón de fuego. Así, bajo esta tormenta de amor no debe quedar cultivo sin empapar, por toda tu piel he de llover, agua para que hasta tus dulces pies brillen como plateados peces.

     Ahora, desmayado por la falta de sueño y agobiado de no respirar, soy destello de humilde fósforo que, incombustible, precisa estar entre tus dos manos para que no se extinga en frío. Ya, la nube del cielo se arrastra por el suelo, la nube, de corazón completo, se hace niebla que se adhiere como tibia cortina a tu cuerpo desnudo. Preciso que irrigues mi linfa blanca, que la tintes con abigarrados matices, que la abrigues con la paz profunda de tu cálido pecho.

viernes, 18 de octubre de 2013

Un caldo calentito




     Una manzanilla calentita, con limón y miel; embozado, hasta los ojos, en una manta de pelo de angora que temple esa sensación fría de lapislázuli que me estremece el cuerpo; y aspirando el ardiente soplo que exhala la incombustible candela que mora en tu pecho. Así, ovillado en el sillón, me advierto ligera pluma que se balancea en nacarado y cegador cielo, sin apenas nubes, tan sólo las limpias teas de tus sinceros ojos.

     


     Es mi inquieta Diosa que en silencio vela por todo lo que abarca, mi Deidad hacendosa e infatigable, mi divina Maestra que enseña sin atributo ni distintivo mas, si abriesen su sesgado pecho, se quedarían hechizados, deslumbrados con tantas singularidades, tantas y tan meritorias. Sí, así es Ella, de tremendo brío y a
cerosa voluntad, toda, absolutamente toda aprestada por un corazón inmenso de cuarzo hialino, sin la más mínima máculas de rencor, y un juicio de sabiduría inalcanzable, de inteligencia alejandrina.



     Aquí, paciente, flotando en hamaca, me envuelve la Mar de hebras de cachemira que siempre me mima, mas esta noche no me cuida con aspirinas sino me suspira que beba de sus labios caldo calentito.

jueves, 17 de octubre de 2013

Lirio de río


Qué más queda por hacer,
… algo más por atender.
Es la hora de mi Amapola,
de que este raro bulbo abra su tierra
y desenrolle sus hojas lanceoladas,
una bráctea, al menos una sola
desdoblar hojilla de agua carnosa,
de savia de idolatría desangrada.
Para adelantar la frescura poderosa
que sólo advertimos tú, Flor mía, y yo.



Es la hora y sólo oigo a través de tus ojos
sólo veo lo que piensas…, lo que sientes;
ya sólo, Amor, me declino en tu vientre.
Es nuestra dulce incapacidad
la que me abandona al albedrío,
sobrevolando como un pájaro
el sueño que enclaustra tu pecho.
Ya ruedo sobre terrazos fríos
ya fenezco de lo consciente,
e ido y nuevo, lirio de un río,
me remanso en la mar de tu lecho.

martes, 15 de octubre de 2013

Por qué


     Por qué no jugar todos los días con la luz del conocimiento. Por qué no ser sutil visitador de una hermosa Flor, de su estigma, de las peculiaridades de su pistilo, de su gran Corazón, de esa pulcritud de pétalos…, y de esa virginal pureza de aromas.

     Por qué, Amor mío, no esparcirse todas las noches por el cautivador abismo del universo. Por qué no ser blanca cabecita de alfiler que deje imborrable estela al orbitar alrededor de un Sol. Por qué no retozar por las singularidades de su firmamento, entre ese racimo de bellas estrellas, por sus cósmicos Ojos y por las misteriosas nubes que se perfilan en la lontananza de su éter.

     Por qué, Vida mía, no embeber con ganas la calma de la mar. Por qué, a cada orto u ocaso, no ser un naufrago que se adentre por la anchurosa vereda con la que la Luna o el Sol rielan. Por qué no ser un intrépido conquistador que no se conforma con un ponto helénico, sino que rebasa las columnas de Hércules y se adentra en el pelágico abismo de su océano, su insondable Pecho. Amando, sí, amando ese arremolinado aliento que ulula tras los Seno de mi Vida.

     Por qué, Dama de mi corazón, no ser asiduo a ese arte culinario de los buenos días, del almuerzo y de los ardientes deseos de las noches. Por qué no esforzarse en perdurar algo tan natural y maravilloso como son los ensueños carnales de hacer el amor. Sí, por qué no aliñar juntos el limón de nuestras bocas, por qué no morder siempre y ansiosamente, amándote tantísimo, como el primer día, tu boca ciruela. Así, con mis labios, Niña de mi vida, limpiar tus Luceros, libar tus nacarados Senos y recolectar en una cesta de incontable besos la miel de tu Sexo….

A acostar


     Amor mío, que pronto me voy a ajustar a la almohada, enseguida voy desplegar las sábanas hasta que me cubra la barbilla. Para no tener frío y escuchar, casi sin dormir y en esta distancia inexistente, los resuellos de tus sueños. Me pesan los párpados, mas me reconforta no cerrarlos, me fortalece como droga mantenerlos entreabiertos aliviando las violentas tensiones, o los deseos de verte, que aguanta mi corazón, Vida mía.

     Sientes, mi Niña, como insisto bajo el Sol, como alboroto los estrellados caireles que cuajan el cielo nocturno. Sí, me acentúo con cada haz de luz que se abre al aire, bien sean soberbios del poderoso Sol o delgados de las innumerables estrellas; todas estas estelas, como eco, me sisean tu desmedida belleza, íntegros indicios de fulgor que recibo anclado al teclado, con hojas tendidas al pairo para transcribirlas con los pulsos de mis venas, con el roce de mis yemas. Así atiendo el rumor de mi Dama, la cadencia de la Mar, la quilla de amor que penetra por mi esternón deshaciendo mi corazón a través de los dedos. … dime, Vida mía, sí es dulce el humor que gotea de mi mano, dime Amor sí es de miel la linfa que cae de mi Alma, sí revierto por mi piel el desmedido amor que tú me das….

domingo, 13 de octubre de 2013

Estrella de Amapola


     Que frío hemos pasado esta mañana, por Cánovas íbamos encogidos, con las manos en los bolsillos y caminando muy deprisa, casi corriendo, para llegar pronto al Gran Teatro y guarecernos en el hall. Él tenía un concierto a las 11:30 y para colocarse, afinar los instrumentos y entrar en calor habían quedado una hora antes; todos han llegado helados como polos, pues aún visten las prendas ligeras de verano.

     En casa le dije que las mangas de las chaquetas deben quedar algo cortas, que los puños de la camisa han de sobresalir por debajo de éstas para lucir, si es el caso, los gemelos. Pero que gran chasco me llevé, las mangas le quedaban demasiado altas, tanto que exhibía más de medio brazo. Así que, a volandas, tuve que rebuscar entre la ropa, por todos los cajones, para encontrar una camiseta oscura. Se tenía que presentar de negro y así fue, tanto la camisa como la camiseta de mangas cortas que llevaba debajo eran negras.

     En el Gran Teatro, como en todos los conciertos, un auténtico trajín para llevar los instrumentos desde el furgón al escenario, sobre todo los grandes tambores de la percusión. En este caso fue un esfuerzo positivo, pues nos hizo entrar rápidamente en calor y, gracias a ello, se cumplió el dicho de que “a quien madruga Dios le ayuda”, él ya estaba listo, lo tenía todo preparado y, además, estaba a tono para soplar sin temblar.

     Yo no me quedé a ver la obra, tenía que lavar los bajos del coche para pasar la ITV y aproveché para ello. De todas formas he asistido a tantos ensayos que ya me conozco todos los intríngulis de las obras que, por ahora, representan. Aunque, a decir verdad, es una gozada verlos tocar una y otra vez, yo disfruto como un niño chico que abre su juguete nuevo. Así es, en los ensayos, cuando el director, Pedro padre, hace hincapié en algún ligero descompás, o corrige el imperceptible tono del algún instrumento, descubro el juguete nuevo que hay dentro de la pieza musical y al tocarla, paso a paso, frase a frase siento lo maravillosa que es y advierto la cantidad de esbozos que componen esa bella obra.

     Vida mía, no te puedes hacer una idea de cuánto te echo de menos en los ensayos. Me encantaría llegar contigo a ese salón, lo recuerdas, sentarnos en un rincón y boquiabiertos disfrutar de los múltiples detalles que componen una obra musical.

     Sí. un día tal como hoy, sumándonos a los músicos, sintiéndonos partícipes de su gran labor, de su magistral función, cubrir nuestra sangre ardiente, nuestra piel erizada con nuestros mejores prendas e ir con el corazón en la boca a disfrutar juntos del concierto.

     Amor mío, al subir los peldaños del Teatro, o al bajar por el enmoquetado y sombrío pasillo que lleva a las butacas, tender lentamente mi mano para que apoyes la tuya, para que me asgas con amor y, cediéndote siempre el paso, perfilar una sonrisa perfecta en tus labios y pintar un brillo de júbilo puro en tus ojos.

     Sintiéndote, tal como ahora a mi lado, bailando sumergidos entre melodías de vientos y cuerdas. Amándonos de esta forma, así de fácil, notando, sin pronunciar palabra, que pisas mi corazón, que iluminas cualquier penumbra de mi cuerpo y que conformas, incluso en un concierto, una alcoba inmejorable donde con el alma hacemos el amor.

     Acompáñame, Flor de mi vida, luce tu esplendor junto a mí, que tú me sabes cantar con amor, que tú me limpias de cualquier sombra con una llovizna hermosa de alegría. Sé que lentamente, e incluso sin lenguas, palpas el íntimo beso que se alza desde mi pecho, un beso constante e inagotable que mitiga el hastío de una Amapola, que hace que la estrella de su pistilo siempre luzca más que intensa.