Si te ofrecen pasear por entoldado bulevar, beber de las fragancias del tilo, de los naranjos y limoneros o de los cíclopes del paraíso, árboles que galvanizan el enlosado con alcatifa delgada y violácea. Si al caer la tarde te limpian con celo un banco;... sediméntate en él y solázate con la eufonía de los trinos, deja que el cegador oro que nace entre el siseo de las copas se derrita en tu piel, acede a que miele tu castaño cabello y entreabre tus párpados, renunciando a toda razón, para que esos cálidos hilos de luz se enhebren acerados entre tus sentimientos.
Si te imploran miaja de misericordia por ir al ala de tu brazo, por columpiar tus delicados zapatos y evitar que se empapen con la infatigable orilla que los rebusca. Sí, si te piden titubear entre las olas que se solapan a tus pies, por las aguas que al retirarse liban hasta el último indicio de tus pasos;... descálzate y súmete en ese arrullo inmarcesible de amar y ese solapa transcrito e insondable océano de amor que te brindan con tu helénico y hermoso Ponto.
Embarcaré mi alma naufraga hasta allende, hasta el mismísimo confín de nuestra vida. Horizonte donde un corazón Sol se conturba y se hunde solitario en el seno cristalino de suturado pecho. Donde el manto estrellado del Piélago se azora con firmamento de ensueño escrito.
Sí, te impetro, mi Vida, una limosna de amor. Callado, ante las puertas de mi único Templo, suplico que orilla de Mar salada inunde una vez más mis labios, que Noche estrellada deposite de nuevo cenizas inextinguibles en mi mirada.
Son espinosas y sinuosas las sendas plateadas de las noches estivales, sombras que se desperezan sobre requemados trigos de verano. Oscurezco sin luna bajo un cielo áspero que cimbra locura en corazón desgarrado. Ya no adulo con sangre, pues se coagula denso de pena, sino arrebato lágrimas áridas que se desencadenan por mejilla herida.
Con absoluta claridad, de forma imprevisible y dondequiera que esté me sobreviene tu idílica figura y en un fortuito tris renace la dicha. Diantres, si no lo transcribo en ese momento, si no desgarro esos coágulos sobre unas hojas, más tarde o más temprano surgirá adolescente y amargo recelo de muerte en mi mente.

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