Inhumana calina que desuela hasta la mustia brizna que encama bajo las piedras. Perseverante viento estival que deseca la entraña de la tierra, hurtando hasta la más íntima gota de sudor…. Aun así, la savia de la dehesa, de esa densa y fecunda pradería que llegó a ser, se enclaustrara ahora latente en la alma de una semilla, en el vilano semen que mece ligero sorteando las asechanzas del prado.
Etérea y fina duerme sin apenas espanto entre almibarados cotiledones. Embriones que perseveran a que se adelante la siembra, que aguardan tímidos a besar los húmedos labios que surcan fecunda huerta. Un solo anhelo, yacer en el suave barro de su cuerpo; un sencillo empeño, merecer el día, el alba, aun sea lejana, en la que enhebre raíz en harinosa greda, en salobres poros de mi lechosa amapoleda.
Vago perdido por el árido y rubio páramo de julio. Desorientado y torpe sueño con aquel disperso sirimiri que hizo brotar a este infatigable lirio. Emerjo sobresaltado con cada irisente lágrimas que me descubre el cielo, con esa divina promesa de impide el diluvio y que en cambio, para mí, fue deidad de amor.
Extraño el hontanar que regresa en otoño, el singular misterio del beso de abril, de sus leves senos desnudos, de deshacerme loco y poco a poco al tentar su dulce secreto, su plateado cuerpo…, cuánto te amo prímula Amapola, cuánto te amo….
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