Me vuelvo hacia el velado espejo de mi fútil ego y advierto, con asombrosa nitidez, que su pulimentada belleza aún recubre toda mi alabeada plata. Es vivo e inextinguible rescoldo que descansando en mi pecho lo aluza como balsa de aguamarina, una sola Estrella que atora con agradable cianea matinal la remota angostura donde se enmarca mi vida.
Se forjó a raíz a un leve desliz, mas con el devenir de los años la delirante flaqueza tomo cariz de ensueño. Una explosión etérea e incorpórea, un big bang de materia jubilosa que traspasó la cerrazón del juicio y se propagó, irisando la intemperie de los deseos y demoliendo los valladares del hastío, hacia los confines de la ilusión; onda de amor eterno que desbordó los límites de mis manidos sentimientos.
Infinitas y livianas cuentas de alma que se deshojan sobre las lenguas rojas de una sola Amapola. Collares de suspiros que, surgiendo desde el mismísimo pistilo de un lirio y emanando a través de los hontanares de sus ojos, de sus labios y sus poros, se rocían nacarados sobre la binza encarnada de sus sedosos pétalos. Locos caireles de Bohemia, arañas de pasión que se descuelgan en el corazón de una sola flor. Singular mirabel que se remolinetea alrededor de pétrea yema, de prudente mujer que desconcierta el Universo de mi vulgar mente.
Alterno aptas palabras y la pauso en estrofas. Un cántico de latidos, de respiración, un resuello de pecho enfermo que, aun se disipe en el éter, se compendia y se adecenta, como lágrima que destella íntima realidad, ante las ventanas canela de maravillosa mujer. Un zumo de melancolía, un licor que no hace daño, un magma de amor natural que surge desde el volcánico corazón de uno hasta orillar, sin herir, el pelágico pecho del otro….

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