Es la Dama que camina a la par de mi sombra, el suave soplo que se derrama en la brisa de mis tardes. Una candela cegadora, poderosa e inagotable, una luz que jamás abandona y que invade la arena de esta playa de tal forma que me sume mágicamente en visible soledad.
Ahora, aislado, sólo percibo el golpeteo de sus olas, el caudal de esa Mujer lejana que sumerge mi memoria en oíbles recuerdos. Son las conversaciones de nuestras tardes, de esas madrugadas y de las mágicas noches, son sus penetrantes y persistentes palabras y son tantas que me alzan como cometa de color al viento, sin que vuele ningún otro recuerdo más alrededor y sin que flote nada más, tan sólo fluye fina voz en el viento, su gran cauce de amor, mi exclusivo río de ensueños.
Una única Mar para hombre que se aflige bajo canícula estival, que se aísla en la claridad de la memoria y se desespera en la aguarda. Son tan tímidas estas células mías que sólo se agostan en su trabajo, que sólo envejecen tras la humildad de su pecho, donde un par de ventanas caobas aluzan como magnífica mañana, donde llueven las lágrimas por no poder verte, donde mis ojos, como si fuesen eternos posos de café, despabilan sagaces ondas de amor en la delgada cara de un papel.
Que escapen estas hojas, que sean arrastradas sin tormento por los deseos del viento y que nunca se desvanezcan ni bajo la hialina binza de la Mar profunda ni tras la caediza niebla de la palabrería, sino que marchen veloces y ligeras como balandras alegres hasta arriar de forma súbita y precisa en el corazón de glorioso puerto, en la íntima memoria de su perfecto cuerpo….

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