Deja que siga…; sí, deja, Amor mío, que siga siendo la botella que lució destellos al precipitarse por el cabo de San Vicente y que ahora, perdido y sin gobernalle, boga por la mar batida, enarbolando desesperados sueños sobre las espumas de las olas.
Suéltame en ese inclasificable rumbo donde el acallado hado aguarda al día en el que estemos juntos. No temas que, aunque flote a solas en olas de infinito piélago, no naufrago por dicha tempestad si no singlo con rumbo fijo.
Llegará el día en el que ice pendón con orgullo, que sienta como amaina la separación, día que cese la inconstante ola y que la añorada espuma se arrincone sin necesidad de letras y se disuelva en los remansos de tu liso vientre, en los vados de tus húmedos labios…; botella de amor que arribará en el abismo de un gran corazón….

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