sábado, 23 de agosto de 2014

Anda


     ¡Venga, Dama mía!, ¡despierta ya!..., que el altanero gallo, en allende del tejado, en la veleta, alardea desgañitándose en canto e hinca, herrumbroso y antojadizo, su vacuo ojuelo en la inasible semilla de plata que se alza allá, en la lontananza. ¡Alza pues, Flor mía!..., ¡despabila!..., que ya mismo acallará su vanidad y se retirará, pues en “na” que alumbre la hacendosa Luz se ocultará en su yermo y bermejo calvero.

     ¡Vamos, Alma mía!..., ¡aúpa!…, que el ganado no apenca guarda, sino que voraz se impacienta y hasta capaz es de embestir el valladar que lo refugia si no lo atiendes ya. ¡No oyes!..., ¡no te azora ese bramar!..., es el de tu acanelado ternerillo que ya no mugen sino, más bien, gañen áfono por masticar una braza de yerba fresca; mi Amor, desempeña labor de zagalejo tendiendo tu dócil mano para que el ternero relama de lo glauco sin recelar de estar falto cariño. ¡No escuchas, Vida mía!..., ¡No te apena ese destemplado balido!..., es el de la nívea merina que, sin apacigua, balita por masticar paca de áureo heno, una de esas bala que al alba exhalan todo el perfumado rocío que la impregna; adicto soy a ese etéreo y dulce psique, a esa suave ánima que abruma todo el campo y a mí me embriaga, me enajena…. ¡No lo sientes, mi Niña!..., ¡no te seduce ese tonado relinchar!..., es tu alazán que clama cabalgar, pues, como bien sabes, su sangre se nutre tanto en la vasta pradera como en la cristalina ribera. Tu potro sarraceno de crin larga y hopo descolgado, beige pálido, casi albo, sedoso y limpio, que le urge la fecundidad del herbazal, para que su oriunda osamenta, a través de la cepa que clavetearon en sus cascos, se abone con la savia de la deshoja que estercola el suelo y con el aroma de las flores que inciensan el aire como si de reino se tratase.

     Sabes, dormilona, se te enfriará la soja en la mesa y, además, hermosa Lirón, no verás como el Sol se despereza descarnado y la Luna, consumida de tan larga vigilia y apenas sin opalescencia, se echa al fin a dormir en el vientre de su Tierra; los selenitas merecen recobrar el aliento, rejuvenecer su azucarado cande para que a la noche, de nuevo, dispersen su dulce y transcendente sueño y así mitiguen el duelo que nos produce el profundo firmamento. Te vas a perder como se desdobla el amoratado manto con el que se arropa la noche y como, a la vez, se inunda el campo con sereno color. Así, con un tropel de criaturas, con una andanada de vidas armoniosas se irisa la cianea del éter y todo, hasta lo cristalino, trajina entre bellos visos, entre fantasías imposible…, entre lo que tú, mi Amor, me trajiste: la primavera, que no fue sino más que tu beso; la belleza, casi inalcanzable, de la perfección que no fue sino más que el amoroso palio de rocío que depositaste en mis labios….

DIOS…, LOCAMENTE AMO.

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