domingo, 14 de julio de 2013

He de marchar


     Ya he de marchar, he de abordar este último día para despachar la semana y así mañana, por fin, poder abrir los ojos hacia mi lato y siervo corazón; o sea, apurar un poco más mi asueto y solazarme contigo.


     Un vasto bostezo, me incorporo y retraigo mis ojos de esta eónica relación, sólo durante un lapso de tiempo. Me visto rápido y de nuevo, delante del ordenador, con un café y unas tostadas con tomate, regreso al remanso de tu orilla; donde hojeo el recinto de mi pecho y, como delta de río, penetro en la Mar, que es Piélago en mi vida.

     Todo dispuesto para partir hacia Badajoz, tan sólo queda una cosa por hacer, guardar a Javier con un collar de minúsculos besos. Aún sueña, le desvelo con alegres bromas y cariñosos mimos y, tras un largo adiós, marcho vacío y gris.

-Fúndeme en ti, Pequeño mío, despójate de temores y duerme entre aromas suaves de manzanas-.
-Hijo, retrocede al sueño conmigo y duerme como cauce sereno de agua, que siempre te llevo consigo-.

    Asgo el volante, abro la ventanilla y ando un día más el camino. Al atravesar la sierra de San Pedro siento el relente mañanero y soslayo el limpio orto que, tras de mí, despunta sobre las sierra de la Mosca. Otra vez migro a tus brazos de espuma y, al mirar el cielo encarnado, percibo tus pelágicos ojos. Afluyo como barca, remando hacia miel de levante.

     Cada día, vaya donde vaya, recorro esta senda que endulza mi alma, como si tornase de nuevo a los orígenes, transparente como aceite virgen que cala sedosamente tu piel, una malla untuosa de amor que envuelve tus caderas y curte tu pecho con un solo propósito, enloquecer tus sentidos, encadenar tu corazón y fijar tu mirada con acerados sedales en las pupilas de estos ojos que permanece vencidos de amor.

jueves, 11 de julio de 2013

Rescátame


     Rendido de bregar por el aula y el taller. Ya, antes de media mañana, me quedé afónico de hablar y así, con las cuerdas vocales irritadas y la garganta seca y árida como el campo en verano, no hacía más que carraspear. Ahora, entrada la tarde y después de haber exprimido toda gota de mi razón incluso ese aspergido detalle que creía perdido, se atempera mi frente, no por el calor estival sino es más bien por el exceso de pensar, y me quedo ausente con facilidad, perdido por el limbo, después de aclarar las dudas.

      Me duelen los ojos al ser meras ventanas abiertas de par en par que descargan mi memoria, se me lastiman los labios al balbucir una y otra vez los mismos contenidos, se agolpa la sangre en los tobillos al pasar tantas horas de pie… Mi Amor, este hastiado cuerpo tuyo, esta cerrazón de carne molida posee un corazón rebosante de felicidad que precisa ser rescatado a besos, que requiere las prefectas parábolas que la luz del día contorna sobre tu cintura. Sáciame Vida mía, ven y rescátame de esta amarga soledad, rompe la penosa distancia que se interpone entre tu cuerpo y el mío.

     Declamo tantas veces tu nombre, descarno tanto mi corazón que apenas queda sangre para otro menester. Sólo la bombeo hacia las yemas, quedando exangüe el resto de la piel. Desde aquí, vesánico desde la primera declaración de amor, grito por dentro lo que tú ya sabes. ¡Esperaré!, Amada mía, evocando el tacto de tus manos, reviviendo el vaho de tu alieno e invocando una pizca de saliva que me mantenga con vida.

martes, 9 de julio de 2013

Olvido


     Que coraje me da olvidar un relato en otro lugar o incluso llegarlo a perder. Un texto que lleva palabras concretas, expresiones surgidas en estos días de calor, a la vez que mi piel desnuda se empapaba de sudor.

     Es como si te hiciese una declaración de amor tras una pared, o sea, una serie de gestos o pala
bras que tras meditarlas quedasen vanas, mudas, sin que las puedas ni leer ni escuchar. Una carta pendiente de abrir, un corazón desoído que, sin querer, es ignorado.

     Es como tener un sueño bien confabulado y al despertar, al abrirlo a la luz matinal, queda confuso. Corro apresuradamente a enjabonarme la cara, a despabilarme con el agua fría, veloz para no perder detalle alguno, siendo egoísta con cada imagen advertida en ese instante de entre velado. Pero después, varado tras el umbral de la consciencia, advierto que sólo revivo unas pocas imágenes y otras quedan enmarañadas en un lío de recuerdos. Fluyen sin pausa cientos de colores y esmaltes que forman un arroyo turbulento de pinturas. Del que poco se extrae y, si acaso, hacen íntimas heridas en la piel al no haber rescoldo donde recoger clara cucharada.

     Posteriormente, con un montón de dudas, reprochas el frío silencio que hay tras la puerta del sueño y censuras la insolencia de lo consciente. Por qué no hay una ventana fija, aun sea pequeña, por donde pueda meter la mano y agarrar algún manojo de los frescos de ese revuelto río.

     En fin, Amada mía, amanece y el cuerpo y la razón también amanecen. Lo único que no amanece es el corazón, este, si acaso, envejece y se perfecciona amando aún más. Cómplice del tuyo, late en ti, como si tú le dieras la vida y nada le falta si tú estás. La sien, el pensamiento, sólo lo lustra como la superficie de agua calmada, un espejo que revela con las yemas, los ademanes y la voz amor y deseos… ¡Oh, el Amor!, vida mía, el amor que no se alza de alguna forma no es amor.

domingo, 7 de julio de 2013

Gracias por tan rico manjar


     Un sinfín de rico estaba el plato de salsa verde que me has servido al mediodía, y aunque creas que hasta aquí no llega y que mi paladar debe quedar mudo al estar tan lejos de tus amayuelas, he disfrutado tanto que aún estoy salivando.


       El leve rumor de la cocción, sin apena hacer esfuerzo, detuvo el aire que pasaba por tu cocina. Este, más petulante que nunca, se impregnó con las pocas palabras que levantaban la tapa de la olla y, además, se colmó de la dulce ternura que siempre pones en tus platos, y que no surge como especia natural en ningún campo sino la arrancas, aun estés cansada, de la encarnada ampolla que late en el cillero de tu pecho.

     El aire, más cargado que nunca, se elevó despacio como algodonosa nube y en silencio, sin llegar a llorar, se esparció. A su paso por los llanos, tu aroma de amor enajenó a los gorriones, que gorgojaban celosos, y a las chicharras que trinaban entusiasmadas hasta sacar humo de sus quitinosas alas. Incluso los árboles, exhaustos de calor, erigieron primaverales sus ramas y las agitaron en fiesta, exhibiendo sedosos melocotones y albaricoques y brillantes ciruelas y manzanas.

     Ese oleaje de mi Mar en la brisa, ese éter de amor desnudo repicó sobre las ventanas cerradas de casa, las abrí y una trama entretejió vida en cada sala. Lomos blancos de merluza, con valvas y diminutas colas de gambas; una geometría perfecta aderezada al viento con un solo propósito, niquelar nuestra mesa y ensalivar mi alma. Llegué a repetir, incluso dormido, el manjar que, de forma natural, elaboraron tus manos.

     Lástima de olvidar poner el postre. Por qué no te dije, cuando hablé contigo, que yo llevaría los duraznos, las brevas o las cerezas, muy fresquitos y maduros, lavados con el agua de la nevera y secados a besos para que, cuando los mordieras, desparramaran los labios de este lirio; las azules y dulces alas que quiero tatuar en tu pecho, Amada mía.

     Dar, con mi boca, zumo de limón que chasque como látigo en tu corazón o ser caramelo y así, encerrado en una escafandra dulce y carcelera, sumergirme y diluirme para siempre las profundidades abisales de la Mar de tu vida.

     Adularé cada golpe de oxígeno que exhala tu pulmón, sí, cada armónica vibración de tus cuerdas vocales. Lo haré como un cordero o siendo un pastizal húmedo de reciente rocío. Un niño que juega a ser el pequeño Neptuno que reina en el anchuroso piélago de mi Niña. Amaré el viento que lleva el oleaginoso aroma de tu cocina e incluso, afirmo, que tengo celos del diminuto y feo bulldog francés, por qué no sería yo, con ojos cargados de insomnio, un nómada que corretea entre tus pies; aunque me llamases feo… soy feliz.

jueves, 4 de julio de 2013

Comprendes

 
     ¿Comprendes, mi Amor, nuestra ilación?, es, en primer lugar, conexión de todo corazón. En sentido prístino, es tan natural como el nacer, como emerger desde la tierra, como esa hierba fina que, aun brote humilde y crezca lábil, es inmarcesible y siempre está verde y lozana.

    Es una consecuencia lógica, tan evidente como la belleza que posee un amanecer de Sol, o mejor dicho, aun es más inaudita que el purpúreo cielo matutino. Tú, mi Vida, sólo tú haces que sea milagrosa esta interrelación de amor, con tu hialina mirada que es el albor más hermoso que jamás he visto, con tus lechosos brazos que son haces que erradican las sombras de mi camino o con tus besos …,¡Ooooh! ¡tus besos!,… son las piras de cariño, el mero roce de tus labios es plasma que derrite mi alma.

     Mi Amor, parece sencillo a simple vista, pero no es así, lo que tú me das, lo que llego a imaginar contigo, no es fácil de describir. Así, no descubro reflejo en la mar que me ciegue tanto como mi amada Amapola, ni hay astro de luz propia que en su tránsito sea capaz de crear el cielo bajo el que vivo. Bien sea en la calle, en casa, en clase o relajándome con un refresco o, sencillamente, cuando estoy recostado en la cama, perfilas amarilla y perfecta candileja en mis ojos, una corona deslumbrante de un Sol que eclipsa toda mi alma.

     Tú, algo tan natural y bonito, allá donde estés, me alumbras perenne y logras que sienta mi cuerpo inundado de entrañable calor. Cosecharé tus palabras, tu habla, tu maravillosas forma de ser y la estudiaré como si fuese torre de Babel, permitiré que tus maneras aniden en mi corazón, que lo mordisqueen. Todo lo alojaré en lugar adecuado, como grano en silo, para disfrutar de espejismos de ensueños, De una ilación perfecta de Luna o Sol sobre mi cuerpo.

miércoles, 3 de julio de 2013

Hazme un lado


     Me asomo al correo y que señal más íntima y fraternal, aunque hubieses dispuesto silencio por el agotamiento de viajar, mi Amor, te habría sentido igual de intenso. Pues todas las noches franqueo nuestra puerta de ensueño y, acurrucándome en tus brazos, me quedo traspuesto y ahí, flotando en Mar amapolino, deliro y pierdo con tus ademanes las palabras.

     Juntos, sin dejar de caminar y así voy siempre; colmado de sesgados latidos. Mi Vida, se me humedecen los labios, pues aun reine la oscuridad de la noche, yo, desvelado, perfectamente distingo tu hermoso perfil de Mujer, incluso me ciego con el brillo de tu piel, de tus labios y de tus ojos. Cariño, con el corazón tan volcánico como siempre pero con la razón cerrada por el cansancio no logro adecuada ilación de palabras de amor…

martes, 2 de julio de 2013

A comer


    Ya emerge algún hervor en el perol y la mesa está puesta. Tres platos blancos, dos cucharas soperas más mi reliquia, con la que como desde muy pequeño, las servilletas decoradas con flores de punto de cruz, los vasos de cristal de los botes de Nocilla, una jarra de agua fresquita, el cazo de servir y los cuchillos, también uno grande para sacar un gallo jugoso y dulce en cada tajada de sandía.

     Aun así, con todo colocadito, siempre salto de la silla por algún descuido, esta vez fue el pan. Tú, mi Amor, y Javier, me acompasáis pegando el mismo brinco, pero yo me interpongo combativo en el pasillo, con el pecho fuera hasta que asintáis a mi alegre coraje de siempre servir.

     Ahora si está todo a punto, sitúo sobre el salva mantel con faz de gato la cacerola y al destaparla, hago esa señal nativa e inconfundible apetitoso vaho. Muevo, en la mesa, una vez más el potaje, con la intención de apartar los lomitos blancos de pescado, de distinguirlos entre el vaporoso caldo y así coger sólo el blando majar de garbanzos guisados.

     Sin descuidar un santiamén y sin ni siquiera ver lo que agrupo en cuchara, salta Javier –esa para ti–, no lo dice por cumplir sino porque posee mala boca. Sin prestar atención al juego de José, muy sereno y dando gracias por servir un día más un plato condimentado con todo mi corazón, te digo –Amor mío, acerca tu plato– y muy despacio, evitando salpicar, elevo la cuchara por encima del borde de la cazuela y, sin salir de su contorno, con mucho cariño la embroco en el fondo del plato. Una salsa deliciosa de bacalao, acelgas y huevo cocido, más algún que otro garbanzo y por supuesto, sin desatender en ningún momento los gratos recuerdos, suelto un hinchado y cremoso garbanzo negro. –¡Ay!, ¡uno negro!– declamas, complacida como la primera vez que, con primor, te los distinguió tu Madre. Acto seguido, José, sabiéndose rey de la casa, agudiza sus ojillos y urde artimañas para logar morder el vaporoso garbancillo. -¡Ay!-, -una gotita oscura-, dice sin perderlo pista, -como desviste su terroso color entre tanta legumbre clara-, -A qué sabe- pregunta, teniendo casi logrado el garbanzo.

     Pero bromeamos y le auguramos que quien lo come se torna perezoso y albino como una larva, y que su estómago se llena pompas de jabón, como si estuviese henchido de baba de caracol. Lástima, Pequeñín mío, que sólo lo puedan disfrutar los mayores o sea, los que no se desmayan con el vino. Enseguida se desteje su agudeza de la faz y ya, sin necesidad de cortejándonos con sus armas de humildad, continua feliz como pajarillo sólo tiene la intención de pica un poco del plato.

     Qué transparentes son los niños, aunque pisen sigilosamente intentando pasar inadvertidos, son más claros que el aire y tan livianos y cristalinos. Por sus delgados bracillos, menudos como las patas del colibrí, sólo cruzan venas con verdad, vasos francos y perfectamente dibujados. Sí, si cálidamente le asiese por las venas y se las besase con una pizca de amor, estas se coagularían bien diferenciadas, como texto sobre vedija blanca de cordero, sin peso alguno en el alma….

     … No aguantamos la risa y le explicamos que sólo es un garbanzo negro, por el cual rivalizábamos los titos cuando éramos pequeños….

YA, SIN DELANTAL, TE ABRAZO CON UN GRAN BESO