Qué
tal estás Amor mío, ¿bien?. Te han sacado a bailar tus hijas, has cantado… has
dormido, has soñado. Yo en mi extensión de humilde vela, he surcado una y otra
vez tu tersa piel, con la ayuda de tus alisios, vientos de ensueño que me
envuelven durante todo el día, he recorrido cada arrecife de tu cuerpo. La
inmanente brújula de mi pecho sólo me orientaba hacia los hermosos corales que cobijas
en tu corazón. Las olas embravecidas de mi boca rompían mis carnosos belfos y
deseaban con ansiedad explayarse en el remanso de tu cielo, acariciar el dique
de tu lengua.
Sí,
me es tarea fácil coger el astrolabio y, con el horizonte de tus labios y los
ostros de tus ojos, saber la salvaje inclinación de mi corazón. Este humilde bajel,
en su carta de navegación, sólo trascribe a una Rosa Perfecta de cuatro vientos
y en su diario de a bordo, día y noche, se dilata y revela cuan enamorado está;
soy loco marinero que se asombra con los inagotables tesoros que halla en cada
poro de tu glorioso cuerpo.
Náufrago,
mi Vida, naufrago por un huracán que brama desde lo profundo de bellísima Mujer
hasta lo más hondo de mi ser. Me estremezco hasta en las yemas de mis dedos,
pues la carta que siempre te escribo la percibo como carta astral que cifra un
hado contigo. Sabes que repaso cada párrafo, que corrijo el rumbo hasta que
ubico mi voz, tu lectura, en lago de nenúfares, que en el centro de esa laguna
ancla un lirio, que se sumerge, que se ahoga cantado, se distiende y se diluye
en agua de azúcar, de sal, de limón y de ambrosía. Sí, mi Amor, mi destino es
desleírme en el temblor de tu vientre, por el halo profundo de tus luceros, entre
la niebla que exhala el volcán de tu pecho, en caricias sobre tus tersas
piernas…, sí desleírme como mariposa sobre tu sedosa mejilla, con miedo libando
levemente tu sombríos párpados, hundirme en tu corto cabello, vaporizarme sobre
tu candente espalda y morir en el maremoto de tu boca, al morder la dulce pulpa
de tus labios.
Me
duele no intercambiar saliva, no impregnarme a diario con tu mirada. Me
desquicia no asir tu mano, no seguir el caminar de tus talones, no retirar tus
zapatos y masajear con mis labios tus pies cansados. Me duele no escurrir mi
boca en tus muslos, en el final de tus piernas, no poder nadar todos los días
sobre la bahía de tu cuerpo, entre tus enajenantes senos, degustarlos así de
naturales… Sabes, no es secreto, que los persigo en sueño y este mi imprime
sollozo de amor, loco por ti, mi Niña.
Quizás,
si acerco lentamente mis labios a tu lóbulo, evites el escalofrío y sientas mi
respiración, escuches tu caracola en tu oído, gemido reflejo y húmedo de tu Mar.
Mi Amor, sí es tu Mar en mi pecho, tu Marea en mi corazón, tus Aguas son las que
conmueven la gruta de mi ser… Estremeces cada poro de mi insurrecta piel tan
sólo con un ligero pensar en ti….
Esperaré,
mi Vida, esperaré semanas, meses o eternidad, esperaré el indicio de rama de
olivo, de mensajera paloma que me indique hacia donde tengo que remar, en donde
emerge tu desnuda piel. Y ulularé, como jamás lo ha hecho una caracola;
sextante llévame hacia lo profundo de esas pestañas, hacia las ventanas de esa
naricilla, bajo esas arqueadas y finas cejas.
Si
hace falta romperé el mástil de mi existencia con vientos huracanados, que me
desligue de mi cuerpo y alcance en sueños a la Estrella que me mantiene con
vida, mi guapísima Casiopea.

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