Ya estamos preparados, ahora a
comer con mis hermanos y después, tras despedirnos, partiremos tranquilamente hacia
la sierra. Llevo de todo, ropa de abrigo, comida o, más bien un bodegón, la
cámara de fotos, una libreta para José y otra para mí… y ganas de estar a tu
lado.
Te imaginas, en esa planicie
blanca, en donde nada fermenta por la ausencia total de calor; una marisma
nívea, ausente de todo olor acre, sólo el silencio y el denso frescor. Sellar
una carta ahí, donde nadie osa escribir, en ese cenador cristalino brindar
contigo y en éxtasis de amor despedir el año, entre rayos cegadores que sobre
la nieve caligrafían centellas de cuanto te quiero…
Petrificaré mi mano, no por el
frío, sino por perfilar tu nombre: mi Amapola. Me cegaré, no por los huecos de
luz que atraviesan ese cúmulo que como sombrero que apoya sobre la cima, sino
por el asombroso destello que surge del crepúsculo de tus ojos, esa lava
puntual que emerge de tu corazón y es mía, sólo mía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario