miércoles, 18 de enero de 2017

Fui abejilla



    En cuanto abrí los ojos, después de un placentero sueño, percibí el zumbar del enjambre. Es una colmena blanca y pequeña, apenas unos millares, donde todas las abejas obran con esmero y alegría. Las obreras realizan su labor con un afán envidiable, unas van hacia el sur, a las laderas de las grandes montañas, y otras vuelan hacia el norte, hasta las arboledas y los nenúfares que nadan en las orillas del río. En cambio, los zánganos son más casamenteros, tan sólo salen para los vuelos nupciales y el resto de los días se toman muy en serio su labor, dando todo el calor que pueden a las nuevas abejillas y repartiendo equitativamente el dulce néctar de las flores. La abeja más hermosa, y con diferencia, es la Madre, tras fantasear un solo día en vuelos de fecundación se retira a dar todo su amor a las nuevas larvas.


     Yo soy una hacendosa obrera y hoy, al salir de la colmena, determiné que me tocaba volar hasta la exuberante dehesa que hay a los pies de la montaña. Una vasta dehesa, de frondosas encinas y verdes herbazales. Donde los rebaños pastan y duermen serenamente mientras el Sol les abriga.


     A mí me encanta recolectar el néctar de las florecillas blancas y amarillas, de la escoba y la retama. Con mis patitas vacío la miel y junto todos los granos de polen que puedo. No labro las florecillas, sino las mimo con juegos, y todas ellas, flor tras flor, me complacen con sus dulces jarabes, me dedican sus finos aromas y me embellecen con sus intensos colores. 

     Cuando el cae el Sol regreso agotado, pero feliz, a la colmena. Allí palpo el calor de los zánganos y disfruto de mi ración de miel y de unos granos de polen.


     Yo soy muy joven y quizás algo distraído, mas me doy cuenta del miedo que tienen algunas compañeras, chismorrean sobre aires malos que recubren las praderas, los olivares, los cerezos y los almendros. Aires nocivos que flotan e inundan la brisa, oreos nauseabundos que, si se emploman sobre una colmena, desnaturalizan su alegría y extirpan toda vida.

     Seguro que sólo son  habladurías, pues no puedo admitir lo que un día contaba un zángano; sospecho que nos quería asustar. Un día chasqueaba que había visto un prado sin criaturas, sin las afanosas hormigas, sin las lentas y rechonchas orugas y, ni siquiera, los ataviados caracoles, que siempre llevan su hogar a cuesta. Era una pradera estéril, sólo había unas briznas erigida que desprendía un tufo peculiar, como el olor de los encapuchados…

     Colmenas deshabitadas, campos muertos y bosques marchitos, por no fecundar las flores. Por eso volamos bosque adentro, hasta aquí, donde no había porque tener miedo la nube plomiza, donde la vida transcurre con normalidad.

     Un día regresé al prado donde solía recoger polen. Percibí un olor ácido y penetrante, un efluvio que nunca antes había notado. Lo que vi fue dantesco, la dehesa había desaparecido, no había rebaños y los humanos se habían marchado. Un baldío desértico, de tierra árida y sin pizca de humus. En las cunetas apenas unas briznas que languidecían sin que las abejas las fertilizaran.

     Sin más dilación volé hacia la colmena y grité -La dehesa se nos va, corred y surcad los cielos en busca de anteras, tenemos que acaparar todo el polen que podamos conseguir para llevarlo a las florecillas del baldío. Tenemos que sanar el prado-.

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