domingo, 29 de enero de 2017

Sueños de plenilunio




Las diez y media de una penumbra

que se guarnece gris y coruscante.

La claridad nacarada del plenilunio

se emploma en misteriosa bóveda,

el helor invernal y el inquietante

aullido del oreo agita las débiles

ramas de los añosos árboles,

de la abatida fronda del sauce

del soberbio y solemne ciprés,

del vanidoso ademán del olmo,

planta que se echa sobre manso

aguazal e imprudente se hunde

entre los espejos de esta vida

ambigua, sin olas, sin asperezas.



Me refugio tras los hialinos lazos

de ocaso, en las trampas del hielo,

como astuto raposo de alma de cera

que subyuga los latidos del corazón

a un solo desvelo; sueño tras sueño.

O como ese insignificante lucero,

aljófar de una vaga astronomía

que aviva su oscuro firmamento,

una cabecilla para su linda Luna;

a sus pies resurge cada noche.

Sí, me embruja toda noche opalina

que con celo perfila divinas formas

en la mar del olvido, todas orientan

mi destino a darte placer, me rinden

con ilusión a un camino. Una doctrina

pura, de abstracción y no de razón,

es el sino de un ensueño cautivo

de mal de amor por belleza canela.



Canto bajo la blanquecina noche

al crepuscular túnel de tus ojos,

canto estos secretos de amor afín

que rielan por una sola Amapolas.

Cegado por un Luna encarnado, rubí,

la que me deja tu herida, pendiente

de dulzura hasta el desengaño

en los confines de las sombras.

Cuando ceda mi último aliento,

cuando se cercenen las hebras

de tu lirio en nuevo amanecer,

dormiré en estimable bienestar

al espigar mis pétalos en tus labios,

al sembrar mis verso en tu vientre.



En el gélido orbe del plenilunio,

en la dulzura de su neutra luz,

ya sin pena, plañiré de alegría,

olas de lágrimas para la Mar,

irrompibles cadenas de poesía

y un sinfín de liras para amar

en la transparente eternidad.




     Entremezclado en este aire cuchillo que me lleva a temblar aparatosamente, me empeño en rozar las teclas del ordenador, … de acariciar tu mejilla. 

     En un tris escudriño nuestro desordenado nido, donde nace la laguna deslumbrante de aquella excursión, la que llega hasta el río Salor, hasta el valle del Jerte y, por un momento, disfruto de tu compañía. No, no se quiebra mi cariño, ni siquiera se doblega mi débil voluntad, pues mi alma se exalta tanto que percibo los pozos, de vidrio canela, de tus ojos clavados en mí, … en mis sueños, … en mis largas tardes, … en mis serenas noches.


    Uno caballos blancos, con herraduras de plata, sobre una capa que refleja hechizo de luna, trazos de tinta y manchas de cera derretida. He de llorar, aun sea el agua de un cielo emplomado. Es por este espíritu de dicha que anida, en silencio, la caricia de sus manos, el calor de su aliento, la suavidad de sus labios... y el esplendor de su gran corazón.

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