Ya, ya vuelvo a ser niño,
sin prisas ni pesares, niño
a espaldas de una aurora
que, sin cuerpo, va lejos,
hasta dejar rocío en flora
virgen de mi Mujer Niña.
Cuaderno lacrado que oculta
un relato mirífico, hermoso.
Una reserva sigilosa, tallada
en charcas, entre las hadas
de los muros de un lavadero
de blancas lanas; así resulta
tu envoltura lírica, del tintero
que se aúpa y que cabalga.
Sí, esbelto como el caballito
de cartón de nuestro carrusel,
que diligente vuela en torno
a puntal de vidrio Marino
que cintila Belleza, … Primor.
Desde pupilas azabaches
se irradian por la noche
secretos de mi corazón.
Vacío mi absoluto amor
y lo siembro alrededor
de tus Pies, del Estribo
de mi vida; amar al instante
amar como caballo gigante.
La crin trenzada con ovillos
de letras y ternuras dorada,
unos vaivenes de adornos
que, tal lucero en la noche,
penden por los costados,
arroyos de versos titilan,
estrellas para deslumbrar
al Centro de mi carrusel.
Entonces, sin forma, pequeña,
sumida en desértica soledad
se funde en un albor reflejo,
como una efigie de nacarada,
un halo de cuentas de rocío
que se derraman ahogadas
desde tintero de escalofrío
por la dulce piel del Vientre.
Dócil, en colegio de papel,
dispuesto a labrar surcos
penetrantes y elocuentes.
Te reescribo tu poesía fiel,
tibios regueros de besos
que fluyen por corrientes
vidriadas de atrevido amor.
Somnoliento, entre sábanas,
con aroma de una Amapola,
surgen versos del corazón,
nuevas gotas que incendian
mi tacto sobre tu fina piel.
¡Oh!, Siempre, en tu cuerpo,
inextinguibles brasas infames
de un lirio que bien se sabe
medroso; por ello en desierto
de ensueño oculta el secreto
de cuánto, cuánto te quiero…
Yo guardo
mis palabras en tu cuerpo
y le que las oiga un día
recibirá una ráfaga
de Lirio y Amapola.

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