jueves, 27 de enero de 2011

Potroclo y el bufón


Potroclo y el bufón.

     Una leyenda de un lejano lugar hablaba de la tristeza de un bufón, del dolor de un niño y su bella mascota, Potroclo, y de un rey egoísta. El bufón era honrado, vergonzoso y de sonrisa formidable. El niño era moreno, tierno e infinitamente dócil. Potroclo era un grácil y blanco elefantillo.

     En cambio el rey, Ricardo, era un monarca malo que no se preocupaba del pueblo, tan sólo quería el poder, sentirse el primero de todos, el ganador, y además verse bello y rico delante del espejo. Nunca, absolutamente nunca pensó que los ojos de sus súbditos también eran espejos.

     Un día la envidia le dominó, se enteró que el país vecino, Aguas Cristalinas, tenía los mejores tesoros. Jamás hombre alguno había visto tales riquezas. Además las aguas del río que cruzaban tal reino eran tan brillantes que competían con el Sol, de ahí su nombre.

     Ricardo ciegamente, organizó un novato ejército para invadir Aguas Cristalinas. El hambre del pueblo y el cólera de Ricardo impulsó el ejército hacia una batalla perdida, pues las murallas de vecino país eran infranqueables y sus arqueros los mejores.

     Pocos regresaron para contarlo. Fue terrible, el cielo se nublaba incontables veces de infinitas flechas que abatían fácilmente a los inexpertos soldados.

     Al no saciar su envidia todos los súbditos pasaron hambre y miedo. Su bufón fue uno de los más castigados. Pues le resultaba dificilísimo mostrar sonrisa y miedo a la misma vez, le era imposible ocultar su apenado rostro.

     En las cuadras del palacio vivía una humilde y feliz familia que se ganaba la vida cuidando elefantes. Uno de tantos antojo del rey que quiso los animales más fuertes del mundo y que después paso al olvido en un rincón del palacio.

     En esa casa el pequeño era el verdadero rey, pero tan sólo de sus cuatro paredes. Su felicidad era infinita y su docilidad inmensa. Con su corazón conseguía que los elefantes se comportaran como mansos perrillos. Todas las mañanas jugaba a columpiarse en las grandes trompas. Por las tardes se duchaba con la trompa del más pequeñito, Potroclo, que calentaba el agua en su larga narizota. Después iba súper emocionado a casa de sus abuelos a escuchar relatos de su experimentada vida, pues eran tan pobres que no se podían permitir el colegio.

     Cuando la gran batalla llegó y pasó todo cambió. El padre del pequeño sucumbió en el enfrentamiento, los hermanos y la madre cayeron enfermos por el hambre y los abuelos una noche se desvanecieron; algunos decían que el rey había reducido gastos.

     La tristeza del niño tan sólo se mitigaba con los elefantes y con el bufón del palacio, su único amigo humano.

     Para evitar la tragedia del pueblo, las lágrimas de su familia y el sufrimiento de sus hermanos, un amanecer el pequeño se armó de valor e hizo uso de su docilidad. Llevó a los elefantes hacia las murallas de Aguas Cristalinas. El montaba sobre el lomo de Potroclo, todos trompeteaban contentos con las órdenes del niño, desconocían a donde iban.

     Las murallas cedieron y por fin el reino fue conquistado. El precio a pagar fue la pérdida de todos los elefantes adultos. Tan sólo Potroclo y el niño atravesaron la muralla. Pero ante tal espanto y soñando despierto creyeron que el río era el cielo donde su padre, abuelos y elefantes jugaban en paz. Nunca más se supo de ellos, sonámbulos cruzaron las puertas cristalinas del río.

     El sufrimiento del bufón fue irresistible. Veía a todas horas la espantosa imagen del rey reflejada en el espejo luciendo sus nuevas joyas. Sentía su indiferencia, la carencia de pena y de caridad.

      Una noche tuvo el arrebato de asestar una fatídica puñalada al monarca. Lo hizo sonámbulo jugando con Potroclo y su amigo delante de la puerta luminosa. Después el pueblo lloró y dijo que el bufón se había ido al río de Aguas Cristalinas.

     Ahora se puede visitar el río que curiosamente se ha vuelto dócil y totalmente transparente, no oculta nada y muestra hasta el último detalle de sus sumergidos cantos rodados. Por las noches se cubre de una bruma blanca y espesa y se escucha el trompetear de los elefantes.

domingo, 13 de junio de 2010

Comunión



Jardinero me siento,

al florecer sus sonrisa.

Polen entorno a mi cuerpo,

que fecunda mi dicha.

Primavera de mi espíritu,

inundado con una flor,

con tu luz y tu calor.



Como lluvia,

que trae una gema en cada gota.

Como flores,

que da color en cada pétalo.

Así siento sus humildades, sus alegrías,

cuando sales de sus labores,

y, con alegría, vuelve a mi lado.



Hablo y el corazón me sale en el aliento,

Si no hablara de lo que los amo me ahogaría.

Con amor y tinta perfumo tu aposento.

Tu eres alba y vida y yo medio día.



Su risa es agua,

que acaricia y canta.

Su alegría es aire,

que orea y remueve.

Su ternura es tierra,

que tapa, ocupa, alimenta y aferra.



Mi piel se eriza como las piedras de granito,

el corazón se queda desnudo entre ángeles.

Y como una visión real de lo inaudito,

me brotan, en mi humildad, bandadas de felicidades.



Su alegría me libera,

eleva mi alma.

Deshaces mi preocupación,

y abres mi corazón.

Tus sonrisas liberan el amor,

que con tierna ilusión,

me dan infinito calor.



Si yo viviera,

lo de una flor, con su intensidad,

el profundo perfume de tu corazón

sería aún mucho más.



Deseo que estas palabras

abandonadas y sin dueño,

vuelen sobre los ojos,

de alguien cuyo corazón abrirá.

Palabras que vivas quedarán.

Frases anhelante, humildes

de ojos que se cierra a lo lejos.



Ay, bonita vida intensa

de un día de flores sin igual

pasaste por mi alma

similar, similar, similar

a una flecha, perfumada

de hermosura y verdad.



Sus ojos se pierden en el infinito,

mis ojos, en paramos ausentes,

esperan eternamente y sin aliento

que los brillen, rutilen felices.



Ligeros, como plumas blancas,

sensibles a la voz del viento,

humildes ojos y paso lento.

Fe adorables, al cielo, las puertas.



En ellos encontrarás una belleza

pura y un placer desconocido…

Al unísono su corazón con el latido

del corazón de la Naturaleza.



Hay en el aire tanta inocencia que da calor,

estrellas que suspiran, ríen y nos dan amor.

Saciémonos de su paz, de blancas respuestas,

démosle gracias por brindarnos sus almas.



Hay en el aire tanta inocencia que da calor,

estrellas que suspiran, ríen y nos dan amor.

Saciémonos de su paz, de blancas respuestas,

démosle gracias por brindarnos sus almas.



Hay en el aire tanta inocencia que da calor,

estrellas que suspiran, ríen y nos dan amor.

Saciémonos de su paz, de blancas respuestas,

démosle gracias por brindarnos sus almas.



Padres con fortuna, 

cerca de sus miradas, 

como antes nunca, 

están llenos de vida. 

Reíros niños, 

que las estrellas os traigo, 

cuando sea preciso.

martes, 17 de marzo de 2009

Nuestra propia barca, en barcos nuevos seguirá



Gabriel Celaya



Educar es lo mismo

que poner motor a una barca

hay que medir, pesar, equilibrar...

... y poner todo en marcha.

Por eso,

uno tiene que llevar en el alma

un poco de marino...

un poco de pirata...

un poco de poeta...

y un kilo y medio de paciencia

concentrada


Por eso es consolador soñar

mientras uno trabaja,

que ese barco, ese niño

irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío

llevará nuestra carga de palabras

hacia puertos distantes,

hacia islas lejanas.





Soñar que cuando un día

esté durmiendo nuestra propia barca,

en barcos nuevos seguirá

nuestra bandera


enarbolará.




jueves, 11 de septiembre de 2008

Nacer



Enarbolose por acantilados

velados, yermos; … de nada.

Llanto que de bellasombras

nace, de una yema lozana

que el roce de la brisa se gana.



Despabila alba a la cálida luz

de la vida, tal la libre alondra

que revolotea por anchuras

de ecos, por dorados pradales

que se dilatan entre espigares

bajo el añil manto de Sol,

por la suelta vedeja de la mies

de Eolo, sus ondulados trigales.

y por el fragante tapiz de humus

que se rinde en dulce quietud

sobre la leve mejilla de mi Vida.


Imperceptible murmullo

el de su anhelante sonrisa,

que ahora colma mis días

y se ovilla tras mi rostro.

Tal almizcle bienoliente

que se desteje delirante

por tan inmaculada piel.

Y su mirada…, húmeda,

Verdemar; el ensueño

de la creación del amor.