Potroclo y el bufón.
Una leyenda de un lejano lugar hablaba de la tristeza de un bufón, del dolor de un niño y su bella mascota, Potroclo, y de un rey egoísta. El bufón era honrado, vergonzoso y de sonrisa formidable. El niño era moreno, tierno e infinitamente dócil. Potroclo era un grácil y blanco elefantillo.
En cambio el rey, Ricardo, era un monarca malo que no se preocupaba del pueblo, tan sólo quería el poder, sentirse el primero de todos, el ganador, y además verse bello y rico delante del espejo. Nunca, absolutamente nunca pensó que los ojos de sus súbditos también eran espejos.
Un día la envidia le dominó, se enteró que el país vecino, Aguas Cristalinas, tenía los mejores tesoros. Jamás hombre alguno había visto tales riquezas. Además las aguas del río que cruzaban tal reino eran tan brillantes que competían con el Sol, de ahí su nombre.
Ricardo ciegamente, organizó un novato ejército para invadir Aguas Cristalinas. El hambre del pueblo y el cólera de Ricardo impulsó el ejército hacia una batalla perdida, pues las murallas de vecino país eran infranqueables y sus arqueros los mejores.
Pocos regresaron para contarlo. Fue terrible, el cielo se nublaba incontables veces de infinitas flechas que abatían fácilmente a los inexpertos soldados.
Al no saciar su envidia todos los súbditos pasaron hambre y miedo. Su bufón fue uno de los más castigados. Pues le resultaba dificilísimo mostrar sonrisa y miedo a la misma vez, le era imposible ocultar su apenado rostro.
En las cuadras del palacio vivía una humilde y feliz familia que se ganaba la vida cuidando elefantes. Uno de tantos antojo del rey que quiso los animales más fuertes del mundo y que después paso al olvido en un rincón del palacio.
En esa casa el pequeño era el verdadero rey, pero tan sólo de sus cuatro paredes. Su felicidad era infinita y su docilidad inmensa. Con su corazón conseguía que los elefantes se comportaran como mansos perrillos. Todas las mañanas jugaba a columpiarse en las grandes trompas. Por las tardes se duchaba con la trompa del más pequeñito, Potroclo, que calentaba el agua en su larga narizota. Después iba súper emocionado a casa de sus abuelos a escuchar relatos de su experimentada vida, pues eran tan pobres que no se podían permitir el colegio.
Cuando la gran batalla llegó y pasó todo cambió. El padre del pequeño sucumbió en el enfrentamiento, los hermanos y la madre cayeron enfermos por el hambre y los abuelos una noche se desvanecieron; algunos decían que el rey había reducido gastos.
La tristeza del niño tan sólo se mitigaba con los elefantes y con el bufón del palacio, su único amigo humano.
Para evitar la tragedia del pueblo, las lágrimas de su familia y el sufrimiento de sus hermanos, un amanecer el pequeño se armó de valor e hizo uso de su docilidad. Llevó a los elefantes hacia las murallas de Aguas Cristalinas. El montaba sobre el lomo de Potroclo, todos trompeteaban contentos con las órdenes del niño, desconocían a donde iban.
Las murallas cedieron y por fin el reino fue conquistado. El precio a pagar fue la pérdida de todos los elefantes adultos. Tan sólo Potroclo y el niño atravesaron la muralla. Pero ante tal espanto y soñando despierto creyeron que el río era el cielo donde su padre, abuelos y elefantes jugaban en paz. Nunca más se supo de ellos, sonámbulos cruzaron las puertas cristalinas del río.
El sufrimiento del bufón fue irresistible. Veía a todas horas la espantosa imagen del rey reflejada en el espejo luciendo sus nuevas joyas. Sentía su indiferencia, la carencia de pena y de caridad.
Una noche tuvo el arrebato de asestar una fatídica puñalada al monarca. Lo hizo sonámbulo jugando con Potroclo y su amigo delante de la puerta luminosa. Después el pueblo lloró y dijo que el bufón se había ido al río de Aguas Cristalinas.
Ahora se puede visitar el río que curiosamente se ha vuelto dócil y totalmente transparente, no oculta nada y muestra hasta el último detalle de sus sumergidos cantos rodados. Por las noches se cubre de una bruma blanca y espesa y se escucha el trompetear de los elefantes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario