Buenos días.
Ya estoy a tu lado con mi café endulzado con miel, como de costumbre. Hoy no le he cogido el tranquillo, me he corto con la leche y me ha quedado algo oscuro, me sabe algo raro. Que deseables desayunos, el acompañamiento más dulce del día. Desde que he abierto los ojos has copado todos mis pensamientos. Organizando el dormitorio sorbías mi imaginación con continuos cuentos, como si estuviese justamente aquí, a mi lado.
El alba se despierta aireado. Escucho como susurran las otoñadas ramas de los árboles, hoy su cuchicheo es más tenue que de costumbre; quizás la caricia de la brisa matinal le entraña cierta cortesía o acaso es el inaudible resuello de un alma azorada y enamorada que no logra dispensarse del compromiso contraído.
Que envidia me da el firmamento que ayer abrigó tu cuerpo, que se alojó en tus manos, que sonrojó tus pómulos, que incluso abusó de la médula de tus huesos. Que celos de esas descuidadas farolas que, aprovechándose de la necesidad de distinguir, curiosean cada curva de tu cintura, de tus piernas y osan embelesarse dibujándote sobre el pavimento. Me maravillaría acompasar tus pasos, asir tu mano y adherir mis labios y mis ojos, como ese reflejo de la Luna o brillo de ambarino del farol que jamás desatiende la suavidad; arrinconarnos con sigilo en el portal y reconocer que no hallo vocablo enloquecedor que consiga describir lo que siento por ti.

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