lunes, 25 de abril de 2011

Ilusión tras los párpados


     Dos niños ocupaban la misma habitación en un hospital. Poseían una dolencia severa que les impedía disfrutar como otros niños. Sólo uno se podía sentar en su cama, cada tarde y durante una hora, las enfermeras le incorporaban para que los músculos se desentumecieran. Su cama estaba justo al lado de única ventana. En cambio, el otro niño, pasaba todo el día bien boca arriba o boca abajo.

      A pesar de sus males los dos charlaban sin parara, bromeaban y reían durante horas. Hablaban de su familia y sus amigos, de sus hogares, de los deberes del colegio, por donde habían corrido  y donde habían estado de vacaciones.

     Todos los días, cuando las enfermeras levantaban al niño, este enseguida se ponía a detallar todas las cosas que podía ver, una a una las enumeraba en voz alta. El niño que permanecía echado empezó a desear que llegara esa hora en la que sentaban a su compañero de habitación, sentía que su mundo se ensanchaba, que todo recobraba vida y alegría, imaginaba los detalles con tal intensidad que se sentía en el exterior.

      La ventana daba a un parque con una preciosa charca: patos, cisnes y ruiseñores que revoloteaban de rama en rama. La gente disfrutaba con pelotas, o haciendo gimnasia o volando cometas. Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre amapola, lirios y recogían ramilletes con flores de todos los colores. Grandes árboles rodeaban la charca y se podía ver a lo lejos una bella vista de la ciudad.

     El niño de la ventana lo describía todo con un esmero exquisito, el amigo al otro lado de la habitación se imaginaba corriendo por el parque.

     Una tarde de abril, el niño describió un desfile de procesión, la pasión de un Cristo que nunca se rindió. Aunque el otro niño no podía oír a la banda, podía verlo, con los ojos de su corazón, exactamente como lo describía el niño de la ventana, con sus mágicas palabras, una banda solemne, el cielo plomizo hasta que se cubrió con el manto de la noche....

     Pasaron días y semanas y una mañana, la posterior a la procesión, los médicos se llevaron al niño de la ventana, tenían que darle una terapia más fuerte..... Nunca regresó.

     Tan pronto como tuvo ocasión, el otro niño pidió ser trasladado al lado de la ventana. La enfermera le cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba bien cómodo, la enfermera marcho para seguir con su labor.

      Lentamente, y con dificultad, el niño se incorporó sobre el codo, para ver por primera vez el mundo exterior; por fin tendría la alegría de saciarse el mismo. Se esforzó, se alzó despacio y miró por la ventana al lado de la cama..., que sorpresa, era un patio de luz y enfrente sólo había una pared blanca que impedía todo contacto con el exterior.

      El niño, totalmente turbado, tocó el timbre para llamar y preguntar a la enfermera que podría haber motivado a su amigo para engañarle de esa forma. La enfermera le dijo, sentado a los pies de su cama, que su compañero era un gran luchador, que aunque perdió la vista hace muchísimo tiempo, nunca perdió la ilusión, que tras sus parpados existía un jardín maravilloso, minuciosamente cuidado, y.... “lo quería compartir contigo”.

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