domingo, 16 de octubre de 2016

Voy a salir, quizás me quede un tiempo fuera.



Antártida, 16 de marzo de 1.912



Estimado Scott, ¡mi Capitán!

Aún queda mucho, la noche blanca apenas se espeja y frío glacial achica tanto nuestros ojos que casi no nos deja ver. Aquí, ensimismado, intento recordar las hazañas, los buenos momentos y aquellos otros que, tras razonar, demostraron tu valor.

Recuerdas la ilusión de los primeros días, en la isla de Ross, en el umbral de la Antártida. Aunque aquellos témpanos hundieran el ballenero Terra Nova, tu espíritu eliminó todo pesar. Evoco tus palabas -Estoy seguro de que estamos tan cerca de la perfección como la experiencia nos puede llevar-.


El uno de noviembre distes la orden: - ¡Odisea de un viaje épico! ¡Hacia allá, hacia donde la blanca nieve se confunde con el resplandor del Sol! -. Pero, poco a poco, horadaba la inclemencia de la marcha, la inconsistencia de la nieve y el descenso de la temperatura nos condujeron al drama de pensar en el suicidio. No olvido lo que dijiste: -Todos los hombres que emprenden viajes de gran envergadura por el polo, deben plantearse la posibilidad de suicidarse para salvar a sus compañeros. A la dificultad que esto supone no hay que darle demasiada importancia, pues si las cosas se tuercen mucho, en algunos aspectos es más deseable morir que vivir-; este comentario se fijó indeleble en nuestros corazones. Aludo una conversación con Henry Robertson Bowers: -planeo quitarme la vida con una piqueta o, si llega el momento, también podría recurrir a una grieta-; me dijo.

Ya, ciegos de tanto espejo y tan grosero frío, vimos la luz. Veo el color de tu rostro y oigo tu voz, que infinitos perduran en mí, -ahí está, enfrente, el Templo, ofrendemos con vino la divinidad del Sur-.

Mas pronto balbuceaste de horror, Amundsen llegó tres semanas antes, el 14 de diciembre de 1.911, y nosotros el 18 de enero de 1.912. Sólo entendí unas sílabas -han profanado nuestro Templo-.

Hundidos emprendimos la vuelta. Toda nuestra vileza pronto se esfumó y el desánimo y el hambre hicieron mella en la salud. Una simple infección en la mano se llevó Edgar Evans.

Ahora, mi estimado Scott, me toca mí. Mi nombre debe de quedar en la categoría de ser un Hombre, así que con dignidad os escribo, amigos míos…:

- ¡Voy a salir, quizás me quede un tiempo fuera! -

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