miércoles, 28 de septiembre de 2016

Llévame



Llévame

Todo era campo frío, escarchado, una vasta extensión sin pizca de vida que, aun resulte difícil de creer, en el pasado fue un frondoso bosque. Ahora era un baldío yermo, repleto de negros e inertes cíclopes.

Cada día salía a buscar “algo” para llevar a la boca, mas deambulaba ido entre los renegridos troncos y nada hallaba, nada para llevar a casa, ni siquiera una seca raíz para lamer; hasta el agua era nauseabunda.

De vez en cuando encontraba un cuerpo enjuto, con los ojos hundidos, lúgubre e inmóvil; alguien había caído en gracia a las sombras. A pesar de que en él veía mi por venir, no me afligía, pues el paso hacia la eternidad no me preocupaba, más bien lo envidia. Abandonar la depravación de la sociedad, las guerras, la indiferencia de la humanidad.

Mi pavor residía en la soledad de mi cónyuge, en su indefensión ante el día a día; qué sería de ella si me rindiese. No, no puedo abandonar el devorador rosal de sus labios, ni la titánica mar de su melosa mirada, … la elegancia de su voz y la ductilidad de sus palabras, esos invisibles versos que perfuman el aire y florecen como nenúfares en las almas que asienten.

El frío atroz y el inclemente hambre hacía que las noches fuesen una auténtica tortura. Aun así, al amanecer, sacaba fuerzas de flaquezas y rehabilitaba mi estado de ánimo para sonreír de felicidad. Mas ella, agotada, se erigía y rejuvenecía como si hubiese descansado como ave inmersa en nube de algodón.

Pero un día, al despertar, sentí lancinante punzada. Su reloj se detuvo con un último estertor. Hundí mis ojos en el vago mármol de su piel y en marchito rosal de sus labios y me sumí en profunda lobreguez; lloré durante horas.

Perdí el único aliciente por la vida, el Tesoro que mantuvo mis fuerzas…; ¡llévame con ella! suplicaba una y otra vez. La pena agotó mis lágrimas y las legañas, resecas, hilvanaron mis parpados.

Fue la noche más larga, y quizás la más deseada, no me tenía en pie y deliraba. Ansiaba la miel de sus ojos, suplicaba que se difuminara por el crepúsculo, que tendiera su infinita bondad y me llevara…. Soñé que volaba entre un sinfín de estrellas, mas una, inasible y de cristalina hermosura, me seducía con todo su esplendor; era mi  inconfundible poesía, mi Esposa.

En aquel instante fui consciente de mi tránsito, había vadeado Aqueronte, y descubrí que ella me aguardaba con los brazos abiertos para darme el constelado abrazo de la paz….

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