Un fardo ligero llevo consigo, tan vasto que abarca todo mi yo y tan puro que hasta palia los escombros que a diario se vierten en mi mente.
Mas, no solo se confina en la humilde ruina de mi razón sino va más allá, se extiende anchuroso tras el pequeño voladizo que me desune de la realidad. Es un dilatado atadijo ahíto de brisa leve e inaudible, un holgado odre que rebosa orvallo perlado, es libro abierto y claro, de nieve pura…; así, en el atadijo, sus hálitos palpan mis huesos; o, en el odre, su aspergida saliva pulimenta mi piel; y, Amor mío, con la nieve anublada e infinita os trascribiré integra mi forma de ser….
Tanta abundancia desamparas en mí, tan curtido compromiso atorado en mi pecho, que sospecho que hace años que dejé de andar por la realidad, pues dondequiera que paseo la calma se alza como ruiseñor a mi alrededor o, incluso, a cualquier lugar que mire sólo me ciega un único destellos, el de un Sol de cristal. Con qué lozano fulgor enjoyaste mi alma, qué singular viso solapaste en mis caminos, escenificaste lo que nadie entenderá, ser flor única…
Nadie lo creería…, y mientas tanto, nuestros corazones, con las esperanzas de que algún día…, se deshojarán en cartas de amor, como árboles que expiran hasta sus últimas hojas, árboles ancianos, sin apenas vida en la corteza que aguarda a que algo hermoso ocurra, algo natural, aun sea una insignificante yema en la orilla de nuestro tiempo, en el túnel, cuando caen los párpados.

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