Soñé, como siempre, que la mañana arribaba con cierta connotación dulce y así, en lo más recóndito de mis vientos, advertí esa vaporosa y alegre imagen, luminoso rostro que ingrávido y caótico persiste a mi lado.
Es calígine de amanecer lozano que nada alba, aleando como nubecilla de tímidas alevillas, y a ras del terreno, tal una alcatifa fina de diminutas campanillas que tirita a tenor del helor otoñal; esterilla de florecillas que deslíe su lene y bonancible efluvio en cada gota de relente que se asperge por mi boca.
Mas desperté de ese ámbito y al hender la luz la profundidad de mis ojos me añusgué al notar que el intenso vaho de mi hermosa flor se desvanecía. Que perversa es la claridad real que inquebrantable despedaza y arruina el embotellado ensueño que flota entre las olas. Pero, aunque la luz de día eclipse la secreta estrella que guardo durante años, no desdeño ni uno de estos sueños…, es más, me mantiene con vida.
Mi sonrisa no caduca y, aun se profane con la luz del día, prosigue brillando intensa durante la noche. Vida mía, no hay resentimiento alguno, ni pizca de corazón desabrido, sino permanece el perpetuo susurro de lo que -sucedió sin querer-. Este caminar que no se olvida, y aun marche en la distancia, para nada se aleja.
Seré tu buen paciente, doliente que sólo se marchita con el amor que tú ceñiste en mi pecho. Seré, cuando me encierre tras los ojos, el dedo trémulo que palpa la fina y sedosa piel de tus labios, de tu vientre. Así, poseyendo fe ciega, agonizaré ternura sobre el cándido papel que de tarde en tarde te enviaré.
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