sábado, 13 de septiembre de 2014

Marcos




     Respiro mejor cuando me ensimismo en alguno de mis poemas que, cuando pateo la absurda comedia que me emite la vida. Así, día tras días corro por enfrascarme en mí, tras las lunas del coche cuando viajo; o bien galopo por cobijar mi alma junto a la suya, la de mi Niño, en la tibia calma del hogar o, por supuesto, todos los anocheceres revuelo ligero sobre alisios de ensueño, por enjaularme, Amor mío, contigo.

     Pero aun así, Cariño mío, al otro lado sufro de estomagante ahogo, es al contemplar lo vano que resulta mi hado. Pues camino jornada tras jornada, esquivando resbaladizos entarimados, mas sin más remedio los he de vadear e, incluso a sabiendas, he de aceptar leoninos pactos; aparcerías baldías que me llevan a extraviarme en una soledad de inanes documentos.

     Son tantas y tan absurdas estas comedias en las que he de participar y, a la vez, siento tan plano y seco el corazón humano que presiento que me contagio, pues al convivir, al caminar a su par, me contamino inevitablemente de ostracismo.

     Mas interpongo enmienda rehuyendo de la entrampa de la codicia, evitando la abigarrada sinrazón que surge a merced del polícromo y perseverante atropello de los medios de comunicación y de esas aficiones un tanto huecas que se pretenden a doquier. Como es la locura que embaldosa y esteriliza paseos, donde ya apenas crecen briznas de hierba, o como es el ahogo de toda brisa natural al emperifolla fachadas alicatándolas con pulidas lunas, o como es el disonante y desaforado runrún de los vehículos, o como no, como son los murmullos altísonos y blancos de la muchedumbre; acaso estos acosos no son abusos de la ingenuidad con los propósitos de envanecer cada rincón de nuestro cerebro.

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