Prendido de un único tiempo, tu cariño se torna en presencia.
Me derramo como tintero y, transformado en plumín, allano de nuevo los caminos donde florecieron nuestras íntimas palabras. Fue una floración primaveral, allá, entre volcanes de espumas y olas hundidas, entre los indómitos vientos que dispersaron el perfume de tu pelo por la dehesa de Villar del Rey.
Así, el oído de mi pecho rememora la canícula del Sol, la apacibilidad de la charca y la quietud del viento. Así, inolvidables zafiros se derraman dorados hasta humedecer la árida piedra que sintió tu piel.
Sí, desde allá, desde aquel principio, desde el inmejorable renacer que me rendiste, mi corazón se devanó en desemejante claridad. Las nubes del cielo comenzaron a soplar peculiares vientos, alientos de frescura vital; el resplandor del Sol mostró su ocultos, ígneos y delicados colores y acentuó los tonos de las flores, de la fronda de los árboles y de las briznas de la yerba; y la nítida suavidad de la noche reveló todo su candor y mi cuerpo, cuando descendía a la tranquilidad del sueño, se inundaba de amor. Sí, mi Vida, entre sueños cuántas veces me embalsó tu amor, la humedad de los labios, el salino delta de la piel y la canela de los pezones de tan lascivos senos….
Es, Mujer, un cariño denso y profundo, de palabras penetrantes y abrasivas que, como fértiles larvas, transmutan en mariposas de bienquerer; es aquella luciérnaga que alojaste en mi corazón y que irradia las brasas de tu apasionada forma de ser.
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