Vuelve a casa papá, recelaba todos los días. El intransigente reloj agotaba mis últimos resquicios de lucidez y, ya en el sofá, el desasosiego de la oscuridad me encogía.
Mis días eran dramas de espera, sin apenas clarear me acurrucaba en un rincón de la calle esperando a que abrieran la puerta del colegio; y ya podía diluviar o hacer un helor glaciar. Al mediodía un bocadillo o una comida “express” y de nuevo papa se marchaba al trabajo. El dormir en el sofá era lo más angustioso, me desvelaba una y otra vez creyendo escuchar la puerta, mas sólo eran dañinas figuraciones de orfandad que me desvelaban tras pesadillas de accidentes.
Pero siempre regresaba, me abrazaba con fuerza y, liviano como un duende, me sumía entre libros de aventuras….

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