Un eco sobrecogedor se confunde
con el rumor del viento, revolotea
entre el vaho, sobre las chimeneas,
y se alza a lamer la fúlgida Luna.
Es una copla jocosa que caracolea
entre la niebla, se mezcla, se aúna,
y se abre, como sopor milagroso,
humanizando esta lívida lacería
de la nostalgia para proclamar
indeciso roce; una gota de adamar.
El relente y la poesía se funden
en millares de chispas, azogando
ventanas, aceras, patios y azoteas,
sahumando y alhajando argénteos
tirabuzones de finísimos cabellos.
Se enhebra tu contorno laureado
con el bisbisear del aire, se hilan
sílabas que se tornan en sonrisas
y hasta las altas horas de la noche
se entreveran desvanecidas pasiones.
Siempre conservaré amable rituario
en mi memoria, el abismo vespertino
no malogrará mi espíritu solitario.
Aun mengüe clarear en la alameda
y se alce un solsticio crepuscular,
aun así, no se cegará mi vereda,
ni se eclipsará tu castaña pupila
y ni si quiera tu gran corazón
se me deslucirá, sólo me defiendo
con único deseo, amarte, amarte...
Aunque la cálida añoranza hiera
mi faz, tu riqueza, tan presentida,
la respeto honda, como talismán
de ámbar pulido, una hoja de Mar,
una Espejo sin orillas, tu Querer.

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