¿Qué ilegible verismo?
Por ensalmo, la aurora,
del que apenas me resta
una tenue reminiscencia,
una charca que decolora
con el vacilante acaecer,
una litografía molesta
ceñida a la conciencia
y, disuelto en la sangre,
la querencia de madre,
soterrado tras los ojos
ese abrazo entregado
e inagotable que de vez
en cuando se derrama
a modo de gota náyade
de la acogedora acequia
que entreveró en mi ser.
Hoy persevero en lo agotable,
voy en aquello que se consume
paso a paso; con honestidad.
Me doy al pequeño gorrión
de mis días, a una criatura
que labro como escultura,
hilvano las alas, su corazón,
fraguo hierro, su voluntad
y le migro mi etéreo placer
de soñar, de argüir lo real
con un vasto sentimiento….
Me rindo a andar a solas,
a transitar un firmamento
particular, donde Tú estás,
eterna estrella de Casiopea,
adonde las constelaciones
se alinean caprichosamente.
Son tus manos panaderas
las que perfeccionan la mente
del creador, sencillas tejedoras
que se abren como manantial
ahilando millones de luceros
para sus dos bellas mujeres;
Pétrea para los churumbeles
que marchitarán su angelical
voz y donde siempre brizará
entre su telaraña neuronal;
para el aventajado hombre
que se incautó de su copioso
tesoro, ahogando la lumbre
fragante que, como mecha
de dulce incienso, aureolaba
la franca lógica de mi poesía;
… aunque yo no satisfaga
la tímida fontana del vapor
que alzas a tu alrededor, seré
siempre tu inocente porqué,
un solo relámpago dispuesto
a sangrar un único cuerpo,
una tormenta de azahar
inextinguible que bañará
a la Celeste Estrella
de mi humilde vida.

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