Qué se desteje Amapola.
Sabes que su oculta médula está ahíta del sensible bienquerer que le dedicáis y que su maduro corazón está repleto del cariño que tú le sirves; es la limpia miel que os escarza desde el sinfín de sus ojos, ambareada y cristalina,… es devoción.
Así obra desde innumerables días, un estallido de cuidados, un alud de doncellez para obtener una casa bienhadada. Entretejido al alma de su cepa, adorando a su Amapola y deseando despertar toda una vida a la orilla de su irisada pompa, aquella que le sedujo en cierto albor y que le cobijó tras la binza de alabastrinas nubes.
Quizás no coseche estrellas, mas, con sus rudas manos y ciega fe, es capaz de plisar el cielo hasta tender sus miles de invisibles aires sobre la delgada piel de sus Niñas. Puede ser que no os traiga la Luna, mas, con inagotable empeño, logró sacar esa esfera del firmamento y, sabiéndose en obligación, la dibujó en vuestras venas; un copo de alas blancas que singla por purpurea sangre hacia el corazón, que va y viene por la metódica imaginación sembrando un universo disperso, vasto y libre de ensueños.
Al principio, como todo ser, nada, ni siquiera una mancha. Mas creció en sí mismo, despacio y cándido, blanco, más que blanco, entre los arrebañados corderos de Brozas, acarreando sus vedijas de lana; entre las doradas melenas de la dehesa Extremeña, guadañando su frágil pelo. Eso fue una imagen que pasó con el tiempo, pues con los años quedó atrás el niño e ilustró un nuevo grabado, el de su vida; los estíos campesinos y el heno seco queda allá atrás.
Ahora, como si ayer fuese, trajo su propio rocío al mundo, la alegría de tener algo suyo, la blancura de sus mejillas; y sus mullidos vellones bajo sus cuerpecillos.
Jamás hizo mal alguno, en antaño rebaños y a hogaño, como si tuviese tréboles, dos inocencias; purezas que siempre le serán Niñas. Dos Soles en la nube alabastrinas de su irisada pompa; tras ese primer beso de amante, la pastora de sus humildes días, empujó a dos retoños celestiales, el alba sobre sus rudas manos….
Mientras, tras los umbrales de su tienda, espiraba una y otra vez –qué va a ser-, ahogado entre las voladoras palabras de sus vecinos cumplía con su deber: humilde servidor.
Asombroso, una gran obra humana al margen de un mostrador, fruto que en el pasado se esparció hasta llegar al éxtasis del amor, y ahora, aunque se apoque, se disgregará por todo alrededor y sin que le vean será el gozo humano en el corazón de sus Niñas. Vuelan besos repetitivos sobre sus rostros; más que besos, es calidad de amor de un Padre…. Hálitos que se funden al posar los labios….

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