¡Ay!, de mí.
Hoy, veintiséis de febrero,
restan justos recuerdos;
indelebles huellas en sí.
Sé que alguien dijo
-nada importante hizo-,
oí también al que insinuó
que siempre estaba igual
e incluso hubiose morral
que a sus espaldas parió
inquina y bilis inmoral.
Mas yo, desde aquel viejo
vano del colegio el Cristo
sentí su amparo destrejo.
Sí, desde acullá vida mía
me sedujo con las ascuas,
con el crepitar imprevisto
de su inagotable fragua;
o con el pesado yunque,
al restallar el rojo fierro
con su maña personal,
con su gracia musical;
o en ese lóbrego rincón
lleno de tules de hollín,
donde me cegaba el vasallo
rayo de su pulso artesano,
donde la luz de su suelda
espejaba su gran corazón;
o con la caña o la caza,
con su Chuli, su Mora,…,
con esos gestos preciosos
de valorar el gran tesoro
de la compañía, del amor
al amparar a todas horas
un sinnúmero de razas.
Recuerdo como su mano
denodada entresacaba
su uva de la pámpana
y sin miaja de ayuda
vendimiaba la montúa.
Aludo sus vacuos inviernos,
… solo, él, acuciando el fuego
para derretir el duro helor
que castigaba su cuerpo,
entretanto una a una
juntaba el verde olivo
que vareaba al suelo.
Profiero muy sincero
su increíble maestría,
ser un matador de res,
desollador de cueros,
sacador de las carnes…
Aún más admirable
es la expedita saeta
que disparó discreta
a todos sus amigos,
un sedal irrompible
al que precisó abrigo;
o la eslinga de acero
para el pesado pecho
de sus consanguíneos.
Por igual se consagró,
sintiose sus apremios
y se deshizo por ellos.
Fui con él al cementerio,
y obedeciendo el silencio
con un paso más que lento
para no violar otros sueños,
le tumbé allí, con su boina,
para que no devele a Petra.
Mis más intensos recuerdos,
una sola reminiscencia
y hontanar de lágrimas
resurge de forma natural
de insondables secretos,
herida que escarpia piel
y que jamás cicatriza.
Corona de claveles blancos
para un reinado inmarcesible.
Un blasón que se languidece,
que marchita a los pocos días
en la puerta de lo inconcebible;
sin origen…, sin destino…; la Vida.
Dudo de esta tenue brevedad;
qué nos ofrece: dolor…, alegría….
Alabo la virtud de la senectud,
loo su maltrecha mengua de razón
que arraiga tan sólo las reliquias
indelebles que residen en el corazón.
… que descansen en paz …

No hay comentarios:
Publicar un comentario