Cuéntame cómo fue tu Navidad, dime con prolijidad cómo han pasado tus días, pues no hay mejor regalo que me puedas hacer; complacer mi ánimo. Dime Amor, ¡Amor mío!, si has logrado renovar todo a tu alrededor, si tu vasta alma atavió la mesa con mantelería de paz y si tus manos y tu voluntad, tan finas y tiernas, mimaron la reunión hasta en el más confuso detalle. Sé que sin reparo alguno y sin obviar nada, has vaciado a tu alrededor todo el blancor que ostentas, ese que aprehendió para siempre mi pequeño espíritu.
Mas, Amor, ¡Amor mío!, padezco insufrible vacío que no logro comprender, pues en todo momento este estúpido corazón mío me alcanza tu rostro, tus labios y tus ojos y, sin pizca de resentimiento, me postro a tan maravilloso secreto. Lindísima intimidad, bellísima mujer que me ahonda en amar, que me ahoga en desear. Mas, paulatinamente advierto que la falta esperanzas crea un vacío que me envenena e incluso, este tonto orgullo mío, me da tercas locuras que aún son peores.
Así es, un fulgor puro y fugitivo aclara esta hechicera forma de enamorar que me enseñaste, un brillo –frívolo– o cálido que me mantiene vivo… sintiéndome solo, sólo tuyo.
¡¡¡Te Quiero, mi Vida!!!.



No hay comentarios:
Publicar un comentario