Se consumió la tarde en candente monocromía. Lentamente se interrumpió la luz del día y el cielo se atribuló con un vasto manto de terciopelo negro. Tan sólo quedaban las pelegrinas luces de los faroles, el resollar de las chimeneas, los hálitos de vida de las cocinas y una flaca y sonriente esquirla de Luna creciente. Aun así, caminé sin amparo, como alma noctívaga, sobrellevando la hiriente escisión de la helada. Entretanto admiraba los livianos girones de unos cirros que delineaban el firmamento y el titilar de los incontables luceros que dispersaba la Luna.
A pesar de la lastimera brisa, es una postal insuperable. Esa hondura de deliquio perfilada con gasas de hilas y cuajadas de temblorosas luces, o la fascinante oscuridad que sobre el remonte del horizonte es tragaluces que consume todo orvallo de luz.
Quién es el autor, acaso un Ángel que derramó en el cielo el tintero de la creación o un simple artesano que en confidencia amo hasta la desesperación y que ahora, con sus manos, enreda entre sus íntimos secretos, concibiendo locura o ventura para la vida, con alma de hada, más que amada. Así, Supremos Hacedor, con las palmas de mis manos y con las yemas de mis dedos trazo tez rosa más hermosa que el rosicler de tu aurora.

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