La mesa, hija, está puesta
en manso candor de nieve.
Entre tabiques de cerámica
que fulgen pureza, en celesta
de luz que plasma un relieve
de sal sobre una loza de mica
con oro de pan y suave trazo
de aceite virgen de las olivas
negras, sortijas de azabache.
Debajo del modelado dintel
del fogón, donde aún el caldo
rompe ensalivando el sentido
del paladar; delicioso salpicado
que aleja la tristeza con laurel.
Rica, rica, son las únicas hablas
que se rumorean tras el relamido
del cucharón. Un gesto risueño
al depositar en papel de estraza
el exquisito aderezo de melaza.
Madre lo agota de su corazón
y no es tarea si no es ensueño
de amor materializado en casa.
Surge de su íntimo corazón,
un delicioso aroma de grana,
de jara en flor, y día tras día
lo ofrenda con mimo al don
de su propio vientre. Artesana
del quehacer par su lar en vida,
de un orear puro para sus niñas.
Eterna terneza, la mansa caricia
de delicadas yemas, una bahía
que cubre el hogar con poesía:
al mullir el lecho y la almohada,
al atusar y refrescar las prendas
y al guisar viandas a un cielo
con el aderezo de su entraña.
Ternura en sus ojos
y ausencia de dolor.
Un sueño de libertad
en silencio, sin desgano…
Regresar al albor del tiempo
y eternizar los días de Amor.
Feliz día de la Madre.
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